martes, 1 de diciembre de 2009

CIUDAD SIN NOMBRE-La Librería

Eran las seis de la tarde cuando decidiste salir de casa, pues no había nada interesante que hacer ni que ver. Tus padres aun no regresaban de sus respectivos trabajos y tus hermanos seguían machacándose el cerebro con el estudio mientras tú con todo el tiempo del mundo a tu favor, decidías largarte de aquel maldito sitio.
Una amplia avenida albergaba tu vivienda, viva representación de una clásica edificación, sobreviviente a la vulgar infestación del modernismo de los edificios de departamentos, los cuales pululaban a diestra y siniestra; últimamente parecía que los estuviesen sembrando en lugar de construyendo.
Tus pasos te guiaban lentamente, mientras la luz del día se iba apagando, cediendo el paso a las sombras nocturnas. No muy lejos se podía distinguir el ángel que coronaba el moderno ovalo en donde desembocaban distintas avenidas, incluida la tuya. El movimiento era continuo en ese lugar, plagado de restaurantes, discotecas, cines, supermercados, poblados por entes de la peor especie: Humanos. Por suerte, había algunos sitios en los que la naturaleza del hombre transmutaba en algo mejor, haciéndola un poco más soportable. Eran varios esos “huecos”, plagados de obras de distintos autores, en donde la diversidad temática enriquecía el gusto y deleite de los que acudían con ansias de devorar conocimiento e información, perdiéndose en páginas de mundos ajenos, abandonándose a las letras de cualquier índole; Librerías cuyas bocas se abrían con desdén a los ignorantes y esclavos mientras daban la bienvenida a los santos elitistas relegados. Pero en tu caso, hacías aún una diferenciación más profunda; No estabas interesado en la clase de las grandes librerías, vacías de vida y pobladas únicamente de letras muertas; Tu atracción se centraba particularmente en aquellos pequeños “ocuchos”, escondidos a la vista de quienes sólo buscaban grandes títulos, visibles para aquellos que solían beber del alma de las paginas. Ésta clase de establecimiento parecía condenado a la extinción pero por suerte uno de su especie pululaba transgresoramente por aquellos lares, ejerciendo su atracción sobre tu ser la cual te dirigía siempre que podías hacia unas cuadras casi al finalizar tu avenida, unas cuadras antes de llegar al Ovalo y al santo ángel.
Era una casona de estilo colonial, sobreviviente a los embates del urbanismo, testigo de vidas que existieron y se abandonaron; un pedazo de materia que servía de cobijo a dos simpáticas y alegres ancianas, dueñas del local, quienes todas las tardes atendían sin ton ni son a sus clientes, prodigándoles amabilidad así como pequeñas exquisiteces, como muestra de una perdida cortesía. Muchos se preguntaban como era posible que aquel lugar extraviado en el tiempo pudiera hacerle competencia a modernos locales de renombre, sin embargo la evidencia hablaba por sí misma. Todas las tardes, la vieja librería se colmaba de gente, atraídos por un olor añejo y poderoso, un olor a tiempo. En el interior, las personas formaban conclave, sentados en el suelo o en ancestrales sillones, degustando los dulces del día, leyendo, declamando, sumidos en el círculo gris de la cultura. De todos los clientes y asiduos, tu eras uno de los principales, incluso podrías decir que eras el engreído de Doña Hortensia y Doña Panchita, tales eran los nombres de las amables dueñas del local, tus queridas anfitrionas.
Ese atardecer, llegaste a la librería y casi de inmediato optaste por el aislamiento, apartándote como un apestado mientras que en otros rincones se encontraban grupos que comentaban en voz alta acerca de un libro de poesía underground de reciente publicación. A la vez que los “bardos” alababan con su canturreo las noveles rimas de reciente autora, tú preferías arrinconarte, armado con un libro de historias de terror, lejos de tanto romanticismo barato, enfundándote en el mundo de los miedos de la carne.
Joven Gabriel, ¿Un pastelito para matizar sus delirios nocturnos?
Doña Hortensia alargaba su mano, rematada en un atractivo dulce; ¿Cómo podrías negarte a aquella viejecilla?, eso era imposible; cogiste el bocadillo, devolviendo la atención con una sonrisa, correspondida por la anfitriona quien acto seguido se retiraba al interior de la casona, dejando a cargo a doña Panchita.
Degustando la delicia ofrecida, caíste en la recurrente y diaria interrogación por el peculiar sabor de los dulces de la librería; era algo especial, que se quedaba grabado en el paladar, inconstante, fuera de lo común, incluso adictivo; sin embargo, nunca se te había ocurrido preguntar a las dueñas acerca de aquel exquisito secreto, solamente los recibías, respetuoso del enigma de la casa. Únicamente los disfrutabas.
Daban ya las 9 y media de la noche cuando saliste de aquel sitio, un rancio ruido fue el aviso de que la puerta se estaba cerrando hasta el día siguiente. Parado, solo, acompañado por las luces de la calle, observabas atentamente esos muros, las formas que describía aquella casona; tratabas de descubrir su secreto, su fino encantamiento, la magia que hacía que día a día vinieras, deseoso de vivir allí, como si se tratara de un paraíso perdido, perfecto, distinto al lugar donde vivías. La fantasía era arreciada por el frio cuando te diste cuenta que ya era hora de volver a casa. Fue lindo mientras duro, pero el nuevo día pronto vendrá, no hay que impacientarse. Te alejaste de la librería pensativo, más de pronto te pareció notar algo fuera de lo cotidiano, un ligero movimiento en una de las cortinas de las ventanas que daban a la calle, como si algo se hubiera retirado sigilosamente, luego de haberte vigilado. La noche siempre alberga cosas extrañas, pero la mayoría son simples entidades ilusorias, eso pensaste mientras te ibas rápidamente.
Unos ojos invisibles te persiguieron durante toda la noche, figuras sin nombre que constantemente cambiaban de color mientras te rodeaban, envolviéndote como si se trataran de grandes serpientes que iban desplazándose por todo tu cuerpo, impregnando tu piel con una extraña y repugnante baba, recorriéndote hasta estar frente a frente contigo. Miraste aquello y no pudiste contener el asco; sus cabezas eran deformes, gelatinosas, aplastadas; sus cuerpos supuraban en exceso, cubriéndote con substancias detestables. No sabías cuanto más podrías resistir aquella visión, aquel contacto. La lucha por liberarte aparentaba terribles episodios en los que te retorcías junto a aquellas abominaciones, cuya carne comenzaba a desprenderse con cada instante de forcejeo. De pronto, un pedazo de aquella monstruosa piel llegó a darte de lleno en el interior de tu boca; la nausea subió y te inundó, la necesidad de vomitar era cada vez más criminal, pero en ese instante, paradójicamente comenzaste a saborear aquello que había profanado tu lengua. El miedo inicial comenzó a extrapolarse a niveles indecibles, habías reconocido el sabor, antes tan difuso, ahora agolpado en tus papilas, era el mismo que disfrutabas todas las tardes en la librería, tan deliciosamente extraño y similar a la carne de esas bestias. No lo pudiste soportar, querías abrirte el vientre para constatar que no estaba lleno de criaturas gelatinosas, querías……. Un grito en la noche alarmó a los de tu casa, tus padres ingresaron a tu habitación, encontrándote incorporado, con la respiración violenta, con el corazón acelerado, empapado de sudor, suplicándole a tu madre que por favor te bañara, te quitara toda esa asquerosa gelatina que llevabas encima.
La mañana no pareció ser diferente a la noche, despertaste con un terrible escozor que recorría todos los rincones de tu ser. Tu estomago esbozaba una sensación como si estuviera siendo carcomido por innombrables elementos. Saliste a duras penas del cuarto para toparte con la inquisición familiar, preocupados por el episodio nocturno, peor aún cuando tu hermano mayor comenzó a describirte como víctima de un episodio psicótico, desencadenando la desesperación paterna quien ya se hacía a la idea del desequilibrio económico que debería afrontar por las consultas al psiquiatra y los medicamentos que eso conllevaría. En medio de todo el alboroto, tu madre se encontraba acelerada, sirviendo temblorosamente el resto del desayuno, mientras observaba ansiosamente el reloj, tratando de encubrir su muy creciente y mal disimulada histeria.
Eran las 10 de la mañana, saliste de tu casa, ahogado por tanta locura despertada por una simple noche de desvelo. “¡Que alaracosa era tu familia!”, pensaste mientras caminabas sin rumbo, deteniéndote en un paradero colmado de publicidad – Lo de siempre, un panel en donde se podía distinguir la figura de una fémina semidesnuda anunciando la marca de una pasta de dientes - La “custer” llegó a toda velocidad, subiste y te derrumbaste en los asientos del fondo, deleitándote con el hecho de observar el ir y venir de las casas y a las personas que “circulaban” por las distintas arterias y venas de asfalto, eran demasiadas, llegaba un momento en que no lo podías soportar, sentías nauseas, era mejor cerrar los ojos.
Siendo las 12 del día, te encontraste caminando en medio de otra estruendosa avenida, bastante similar a la tuya, de cara a otro gran ovalo que colindaba con un imponente parque. Por todos lados había gente conversando alegremente, recorriendo el paisaje el cual estaba adornado por tiendas comerciales, por un moderno complejo de cines, un café para bohemios e intelectuales y miles de cosas que gustaban para un instante de fugaz entretenimiento. El bullicio te hizo notar que no existía espacio para uno mismo.
Circulando lentamente, perdido en tu silencio, de pronto te diste cuenta de haber llegado a un extremo en donde estabas rodeado por muchas casas bien cuidadas, de colores típicos y diversos, sin mas negocios bullangeros, solamente antiquísimas bodegas que aun se resistían a morir. Más allá, reparaste en un tipo desaliñado, con la ropa hedionda y hecha tirones, sucio, exhibiendo su miembro viril a quien quisiese verlo y admirarlo; tamaño espectáculo no fue de tu agrado, pero contradictoriamente decidiste no cambiar de acera pues realmente te resultaba atractivo ver a aquel despojo de humanidad. Poco a poco, llegaste a estar frente al demente quien estaba concentrado fielmente en su preciosa masturbación; observaste al desdichado, mitad pena, mitad asco, emociones confusas que se agolparon en tu psique. Así estuviste, quien sabe cuanto tiempo, hasta que llegó un momento en el que te encontraste hastiado de la “novedad”. Al punto que te movías para irte, súbitamente el loco volvió su mirada hacia ti, clavándola brutalmente en tu persona, escrutándote nocivamente. Comenzaste a sentir una extraña punzada como si aquel estuviera intentando violar tú alma con un cuchillo invisible que sádicamente te penetraba. Parecía que la locura se estaba volviendo contagiosa. Decidiste irte de una vez pero no podías, no atinabas a mover músculo alguno. En un arranque de ira, optaste valientemente por clavar tus ojos, fijamente en los del orate, pero aquello fue el acabose pues te viste atrapado en un mundo de lunáticos, experimentaste como si tu espíritu hubiese sido arrancado y arrojado a espacios intemporales, devorado por fauces bestiales, abandonado a merced de la sin razón; Recordaste la noche anterior, no sabías por que lo hacías, ¿Acaso podía haber algo similar con todo éste infierno sin control?
Parece ser que las bestias ya te han dado de probar el semen del demonio, ¿Cómo lo se querido Gabriel? Pues, hace tiempo yo lo tome, pero no me mataron, no pudieron, porque me convertí en inmundicia, acabe con la pureza que necesitaban. Viejas malditas, ojala se pudrieran en el infierno del cual han salido.
Comenzaste a sudar frio. Te encontrabas mudo frente al desquiciado cuya boca babeaba mientras su locura extraviaba tu alicaído juicio. Sus ojos aun te hablaban, prolongando el discurso de su pensamiento, quizá como una condena eterna.
El día se vio invadido por un viento súbito que se llevó consigo el silencioso y desgarrador grito de un alma que se sentía jodidamente perdida.
Eran las dos de la tarde cuando tocaron a la puerta de tu casa, tu hermano mayor salió a abrir, era extraño que él estuviese allí ya que normalmente a esa hora se encontraba en la universidad, pero era conveniente que te recibiera él. Por algunos recovecos se vieron ojos curiosos que salían a contemplar el por qué del bullicio, originado por la sirena de un patrullero. El oficial habló desinteresadamente con tu hermano, antes de depositarte “amablemente” en tu casa. Cuando todo volvió a la “normalidad”, percibiste la incomodidad fraterna por doquier, seguramente se estaba interrogando acerca del por qué diste tamaña exhibición, insinuándote enfermizamente a hombres como a mujeres, mostrando conductas lascivas y depravadas en plena vía pública, manoseando a cuantos tuvieran la mala fortuna de cruzarse contigo. Mientras tu hermano daba inicio a un improvisado sermón, temeroso del estado por el cual atravesabas, tú “atendías” a la palabra vacía y tu mente divagaba, buscando a un demente refugiado en los rincones de tu atribulado cerebro.
Daban las cinco de la tarde, tus padres se encontraban en la sala, la familia casi en pleno, sus voces se notaban alteradas y preocupadas, pero para ti era lo de menos. Sencillamente seguías pensando en aquel enfermo y lo que te “dijo”. Que recuerdes, en la vida habías escuchado el apellido de la familia Balarezzo, tampoco lo oíste de la boca de tus padres, además aquel sujeto mencionaba tener unos 25 años, por lo que si hubiera vivido por esos lares lo habrías llegado a conocer. Las razones que te dio para argumentar su existencia negada parecían ser producto de su trastorno, eran descocadas, tan fuera de lugar, pero qué se podía esperar de un esquizofrénico o lo que fuere. Tu mente seguía debatiéndose entre una necesaria racionalidad y aquella nube de locura, que te transportaba a un mundo ilógico en el que la imagen tierna de las dos abuelitas de la librería se transfiguraban en lujuriosas mujeres dedicadas a la crianza de bestias infernales. Todo eso era un juego de sin sentido, una vil fantasía, pero por qué te parecía tan real; era imposible pero en el fondo estabas creyendo cada vez más en esa farsa, tenía que ser una farsa.
Un frío que parecía provenir del ártico caló tus huesos, congelándote hasta la médula.
Eran las seis de la tarde, tus padres habían reunido el suficiente valor para tocar la puerta de tu habitación, al no haber respuesta fueron por una llave. Cuando ingresaron, respiraron un halo de desolación procurado por una ventana abierta. No había vida, ésta fue arranchada por la demencia o tal vez por la crudeza de una verdad innombrable.
Cada segundo contaba mientras pisabas el concreto de la vereda, cada vez estabas más cerca de tu destino. Ya podías distinguir la fachada de aquel sitio que hasta ayer nomas era tu refugio perfecto, tu propio edén cuya esencia te arrebataba de un mundo tan burdo. Aun podías sentir como caminabas por las nubes mientras tus penas se disipaban en un halo de éxtasis. Tu desvarío se transformó en asunto del pasado cuando llegaste a la entrada, purificándote de tanto excremento psicológico. Caíste sobre un viejo sillón y aquella angustia atormentadora, heredada del encuentro con aquel infeliz orate, desapareció, devolviendo tu alma a la inocencia de los tiempos antiguos.
Joven Gabriel, que apocado se le ve, ¿Gusta un dulcecito para recuperar su alegría y vitalidad juvenil? – Dijo Doña Panchita quien fue la primera que te daba la bienvenida.
Recibiste aquel bocadillo y tus manos sintieron su delicada textura la cual expelía una sabrosura que penetraba hasta tu cerebro con el solo hecho de tocarlo.
Vieja Infeliz, claro que voy a tomar tu pastelito, y luego te lo meteré por el trasero, a ti y a tu mierda de hermana.
Sin que ellas se diesen cuenta, el dulce yacía abandonado en uno de tus bolsillos pues la locura te había devuelto la cordura, en la forma de las repentinas palabras de Jonathan – que así se llamaba el orate –irrumpiendo de manera visceral en tu conciencia, devolviéndote al mundo real, fuera de aquella pérfida fantasía. Aquel poder inesperado llegó en el momento justo, unos instantes más y te hubieras condenado de por vida. Esta vez avanzarías hasta el fondo de todo; si estabas desquiciado, al menos antes de terminar hundido en un manicomio o en la calle, sabrías lo que allí pasaba. No atinabas adonde esconderte y sin embargo debías actuar rápido, sin que ellas se diesen cuenta.
Unas lúgubres campanadas, provenientes de un antiquísimo reloj, dieron las 9 de la noche, había dado la hora de cerrar. Lentamente, el local se fue viendo vacío hasta que la última alma lo abandono, detrás del cual se irguió un sonido profundo rematado por el correr de los dispositivos de seguridad de la entrada. Doña Hortensia y Doña Panchita se quedaron solas en el local, arreglando y limpiando, poniendo en orden las cuentas del día, conversando amenamente luego de una jornada de trabajo. El reloj dio las diez de la noche, las luces del local se apagaron y las viejecitas se dirigieron a un pequeño salón en el cual se hallaba un moderno aparato de televisión; allí se quedaron, recostadas y despreocupadas gozando de alguno que otro programa, mientras el tiempo seguía con su dictadura. En el interior de una habitación, debajo de una elegante cama, yacía tu cuerpo, el de un condenado, tratando de controlar su respiración a fin de hacerla menos obvia, luchando contra la revolución desatada por las feroces palpitaciones cardiacas que te atormentaban. Aquello parecía emular una eternidad.
Las horas transcurrieron y una vez más las campanadas del reloj anunciaban el paso del tiempo. ¿Y si todo esto era una vulgar patraña?, ¿Si no ocurría nada?, ¿Si únicamente aquel relato salido de la boca de Jonathan constituyó simplemente el principio o parte de su psicosis? Ya te hacías acusado de robo, incluso de intento de violación; Imaginabas el rostro de tus familiares; Alucinabas con la celda que te tocaría y el averno en el cual serías depositado; Quizás no sobrevivirías mucho tiempo, posiblemente eso fuera lo mejor.
Una nueva ronda de campanadas te sacó de tus ensoñaciones, sin querer había pasado otra hora, era medianoche. La puerta de la habitación se abrió.
Pasos menudos y gastados, arrastrándose por el ambiente, yendo de un lado a otro. La curiosidad te agobiaba pero no podías salir, solamente podías contemplar esos arrugados pies, desnudados del calzado, pero no solamente eso pues a los zapatos siguieron los vestidos y demás prendas que se regaron por los suelos. En tu mente se producía un nudo que te atiborraba los sentidos. Imaginabas la piel enjuta, los pechos caídos, el sexo añejo, los mustios pellejos que conformaban los cuerpos de aquellas dos mujeres. El sonido de la puerta que se cerraba propicio que atrevidamente te incorporaras. Ellas se habían ido, desprovistas de todo, dispuestas a vagar excéntricamente por los rincones de su casa, francamente estaban en su derecho, pensaste.
De fuera de la habitación comenzaron a llegar extraños sonidos, pequeños y casi imperceptibles que de súbito incrementaban su tonalidad hasta volverse insoportables. En ti comenzó a generarse un deseo irrefrenable por ver que era lo que sucedía, aunque sabías que salir de ese cuarto significaría exponerte a todas las penas imaginadas hacía un momento. La resistencia que demostraste poco a poco fue cediendo, era algo raro, era como si debieras obedecer un llamado que calaba en lo más recóndito de tu ser. Tu cuerpo se arrastraba, pensabas que era contra tu voluntad, pero realmente no era así. La puerta por la cual debías salir se abrió lentamente, obedeciendo a la invocación de la cual eras objeto.
No había casa, que rayos era todo eso; Las paredes, los muebles, la sala, todo había desaparecido; en su lugar se dibujaba la imagen de una primigenia caverna, húmeda y nauseabunda, con un perfume insoportable, con una superficie de la cual se desprendían pútridos fluidos. Daba la impresión de que estabas en el vientre de una bestia sin nombre. La noche jugaba contigo, perdiendo tu mente en la locura de Jonathan. Por un momento te quedaste petrificado, sin saber como reaccionar, pero no podías estar así todo el tiempo, no si es que querías descubrir lo que allí se ocultaba.
Tus pasos ahora eran guiados por un interminable y húmedo pasadizo, iluminado de manera casi mortecina; el recorrido provocaba cansancio a la vez que repulsión ya que la superficie del piso te resultaba fangosa, difícil de recorrer, aunque pensabas que aquello que estabas pisando pese a ser similar al fango, no garantizaba que lo fuere, mejor no saber, la ignorancia suele ser una bendición.
La semi – obscuridad pronto fue acabándose a medida que el camino llegaba a su culminación, desembocando en un inmenso salón, imposible que cupiese en aquella casa tan modesta, más toda lógica era inexistente en esa tierra de nadie. En el centro de aquel ambiente, pudiste ver a dos personajes conocidos o al menos eso parecían de lejos; A medida que te acercabas te ibas convenciendo de tu primera impresión, pero a la vez podías notar una resaltante diferencia en ellas, pues ya no esbozaban sus figuras tiernas, apacibles, radiantes de bella senectud. Aquello que danzaba en medio de ese antro de perdición intemporal eran dos bestias encorvadas con la piel arrugada, cuyo pellejo se desprendía a manera de escamas; con rostros ajados y cubiertos por manchas hediondas que apestaban a algo peor que el excremento. Aquellos seres danzaban desenfrenadamente, frotando sus cuerpos, besándose, metiendo sus manos en lo que asemejaba ser sus vaginas, extrayéndolas repletas de una mucosidad con la cual se untaban una a la otra; Estabas tan cerca de ellas pero hacían como si no existieras, absortas en su ritual.
De repente, salido de ningún lado, un gruñido se dejo sentir, ante el cual las criaturas detuvieron su baile, solamente para emitir un poderoso alarido de respuesta, que se repitió una y otra vez; Las bestias emocionadas daban la bienvenida a un ser que en cualquier momento se materializaría, algo que se dio cuando pudiste ver como del suelo comenzaba a brotar un espeso líquido que lentamente cuajaba, uniéndose en una masa, tomando consistencia, imponiendo su ser de pesadilla a nuestro mundo. La criatura dejó ver sus dimensiones, era algo que no tenía nombre, no se podía definir su existencia salvo por lo que lo cubría. Un manto que se había formado tomando el aspecto de una piel endurecida, tapizada por extraños pedazos de materia que luego dieron a luz imágenes que parecían porciones carcomidas de órganos humanos, de pedazos de hueso, de rostros incompletos; Eran restos de personas muertas, incontables, conformando una armadura verrugosa, dándole a la cosa su pérfida distinción.
En un extremo, el ser dejó ver un conjunto de fauces que nada de humano tenían, pues no pertenecían a persona alguna, sino se trataba de algo original, propio de aquel “animal”. Observaste su asquerosa y terrible boca, de la que comenzó a exhalarse un perfume ignominioso que carcomía los sentidos; hiciste un gran esfuerzo por contener la respiración, la verdad preferirías ahogarte a soportar aquella porquería. Mientras tanto, las dos criaturas anfitrionas se abandonaban por completo a su aroma, como si se estuviesen purificando, cobrando más vida.
Al contemplar todo esto, pareció que llegabas al límite, algo en tu yo muy interno alimentaba un miedo primigenio y ancestral que desembocaba en un deseo de morir, necesario para verte privado de aquel caos que arremetía tu mente con poderosos arietes de insania, y así hubiera sido de no ser por la aparición de un nuevo acontecimiento en la forma de una poderosa voz que dejaba sentir su presencia dentro de ti, y las palabras que decía, por más simples que eran, causaban estragos en lo que quedaba de tu humanidad.
Pureza, Pureza y Pureza, mascullaba aquella orden, mientras que de la boca del ente y de las otras criaturas se derramaba una gran cantidad de viscosidad, haciendo al aire más pestilente y depravado, envolviendo tú conciencia; ya no podías resistir, sentías como el hedor te sumía en nuevas ensoñaciones. Tu cuerpo y tu mente se separaron, enrumbando caminos distintos. Tu materia padecía la putrefacción mientras tu alma parecía fundirse con aquella pestilencia que asemejaba cubrir el mundo entero, conectándose con nuestro ser antiquísimo.
Humanidad, Humanidad y Humanidad, repitió la bestia, siendo coreada estrepitosamente por las otras criaturas. Entonces aquello se trataba de eso. Sumido en tu propia perdición, evocaste más de las palabras dichas por Jonathan, rezagos de una escasa cordura que afloró únicamente por unos momentos: La cosa que vivía en aquel lugar compartía algo que la hacía cercana al ser humano, con su pasado que iba más allá de lo ancestral. Los cuerpos vacíos le servían de alimento, mientras se impregnaba de almas corrompidas, dando forma a aquella esencia repugnante que conservaba algo de humano, de una manera injuriosa, demasiado depravada para ser verdad.
Pero ¿Para qué recordar todo eso?, ¿De qué te serviría ahora?, ¿Por qué todo se clarificaba cuando tú ya estabas casi dentro del monstruo? Ya nada tenía sentido, es mas ahora mismo comenzabas a experimentar cosas que nada tenían que ver con tu vida, no existía similitud a las retrospectivas que muchos testimoniaban, ocurrían cuando vivenciaban un estado de muerte. No estabas viendo episodios de tu pasado, eran imágenes difusas, distorsionadas, eventos que no recordabas haber visto en ningún lado. Las sombras mostraban rarísimas construcciones, habitadas por criaturas de aspecto demasiado bizarro, desfilando una tras de otra. Así, sin querer, fuiste testigo de periodos del tiempo que el ser humano no reconocía; Era tras era, desfilaban aquellas épocas olvidadas, inhumanas, todas manteniéndose en los parámetros de lo inimaginable. Finalmente, el peregrinaje culminó en un espacio vacío, sin nada ya que “admirar”, únicamente un punto negro que visualizabas a la lejanía. Era el fin de todo y cada vez se mostraba más y más cerca, creciendo en tamaño, convirtiéndose en lo que parecía ser una gran boca cubierta de poderosos dientes y colmillos, hacia la cual marchabas sin siquiera hacer un esfuerzo para evitarla.
¿Cuanto tiempo había pasado desde que comenzó toda esa locura?, no lo sabías por que el tiempo era inexistente por aquellos lares. Ya ni tu propio ser existía, cada átomo de lo que fuera que fueses en ese instante se desvanecía, diluyéndose, siendo reemplazado por otra existencia que devoraba cada pedazo de ti. Abandonabas el hecho de ser uno para ser todo y nada a la vez, nada excepto el hedor y la piel de aquel “animal”.
De pronto, un eco aterrador se impuso incluso en el mundo real, derribando las murallas de lo incognoscente. Era un grito de dolor que se elevaba de las fauces de la bestia, desencadenando un súbito terror en las criaturas que le acompañaban. Al punto que aquel ser comenzaba a sufrir, sentiste como eras arrastrado por otra fuerza pero que iba en sentido contrario al recorrido que te viste forzado a realizar. Transitabas a la inversa el camino, rápido, a velocidad tal que borrabas cualquier impresión dejada por la senda. Ya no había imágenes, ni mundos, únicamente líneas difusas y un abismo de color que te transportaba nuevamente a tu realidad.
Allí estabas, ese era tu cuerpo, funcionando irreconocible, agachado sobre una masa que sufría los embates de tus manos y dientes. Al encararte con tu propio rostro, notaste que todo estaba igual, excepto tus ojos, rojos en su máxima intensidad, con una pupila reducida a su mínima expresión, perdida en un mar sanguinolento. En tus manos, sujetabas retazos de una malograda carne, hecha tirones por tus fauces. Frente a ti se debatía tu novel presa, la cosa, el monstruo, la bestia, reducida a víctima de su víctima; a un lado, las dos criaturas que le acompañaban, asustadas, observando fijamente la nueva escena, sin saber que hacer, esperando el desenlace de todo ello. Gradualmente, comenzabas a sentirte uno con tu cuerpo, pero si en un principio ansiabas lograr tamaño acto, ahora experimentabas miedo, asco, repulsión, ya que al momento de hacerlo, percibirías como devorabas aquella cosa, inmersa dentro de ti, la saborearías pedazo a pedazo, saborearías su dolor, ¿Tendría emociones?, ¿Podría odiarte?, ¿Maldecirte?, no querías enterarte de nada de eso, sólo deseabas irte de allí lo más pronto posible, estar de una vez en tu rechazado hogar, debajo de su techo protector, acurrucado en tu ya tan lejana cama.
Pero tus esperanzas infantiles se hicieron humo de manera brutal cuando tus ojos se vieron frente a una descompuesta materia mezclada con pedazos de gente, la misma que ahora recorría tus intestinos, filtrándose en tu sangre, poseyéndote el espíritu. Miraste a tu alrededor y notaste que aquella cosa aun seguía moviéndose pero no sentiste asco, tu mente te direccionaba a seguir desgarrando, debías reducirla a la nada, consumirla hasta borrar el hecho de que alguna vez existió tamaña blasfemia. En ese rato, recordaste a Jonathan, “Su ser transformado en inmundicia pura, hecho uno con ella, descubrir aquella bestialidad que duerme en cada uno de nosotros, ser tú el que devore a aquella cosa, transformarte en un animal sin alma, solamente así conservarías tu “vida”; El viaje por territorios desconocidos, durmientes para la consciencia, devolvía al hombre aquello que no estaba muerto en nuestro interior, una humanidad latente que destruía a quien siquiera se atreviese a ver un instante de su inmensidad; Así fue con Jonathan quien no logró consolidar la tarea, pues fue tanto el horror que experimentó cuando trató de asimilar aquella existencia que se vio abandonado, entregándose en pleno a la desesperación, rasgando el mundo de pesadilla que le aprisionaba hasta supuestamente estar libre de todo ese miedo atormentador, aunque aquel se había afincado ya en su mente, debiendo arrastrar tamaña tortura hasta más allá de su propia muerte.
En tu caso, el apetito que creció en ti fue inmenso. Pronto casi no quedaba nada de la bestia, habías acabado con su cuerpo, habías dejado atrás la repugnancia, pero necesitabas más de él. Nunca habías sentido un hambre como éste, una necesidad profana cuya satisfacción parecía horrorizarte.
Tus ojos se fijaron en aquellas dos criaturas que proseguían observándote; rápidamente fuiste hacia ellas, comenzaron a tocarte, acariciándote con sus gastadas extremidades. Poco a poco fuiste sucumbiendo a un enfermizo deseo que te hizo copular con ambas; las penetraste salvajemente, en medio de aullidos y sofocaciones, y mientras dabas rienda suelta a la vorágine de placer, arrancabas pedazos de aquellos cuerpos, uno a uno, acrecentando en ellas el deseo y el éxtasis; ambas anhelaban ese encuentro, esa última reunión. Finalmente yacías en medio de aquel lugar, completamente solo, sin nada más. Las monstruosidades desaparecieron o al menos eso parecía. Ahora eras el Señor de la Nada, un Dios perdido en su propio laberinto. Aun podías sentir el fuego de aquel último encuentro, como aquellos seres te atenazaban con sus piernas mientras las mordías con locura, las hacías delirar con un mayor tono a medida que se veían privadas de extractos de su carne.
Ahora, ¿Qué seguía?, ya no había nada que hacer, tu tarea supuestamente estaba terminada, estabas más allá de la corrupción, la habías devorado en su totalidad. Abandonado, insatisfecho, te veías desparramado en aquel sitio sin nombre, atormentado por un insaciable apetito; estabas deseoso de consumir lujuriosamente más “comida” pero ya no había nada, salvo que salieras al exterior, rebosante de vida, pero por ahora aquella idea te daba algo de temor; si te exponías de manera tan temprana al mundo corrías el riesgo de ser cazado, arrinconado y eliminado. ¿Por qué ahora tenías esos desconocidos deseos?, no se suponía que todo debía terminar, quizás fuiste engañado, quizá todo estaba preparado y caíste en una maldita trampa. Silenciosamente cavilabas en tantas posibilidades, aterrado con el hecho de que una de ellas se hiciese realidad. Ahora no atinabas a hacer nada, preferiste “perderte” por un rato, concentrándote en ridículas banalidades como el hecho de dedicarte únicamente a observarte la mano. Fue un momento en el cual tus sentidos se concentraron en aquel miembro de tu cuerpo; la encontraste sucia, carcomida, deforme, ajada, maltratada, deliciosa.
Fue una decisión repentina, tu mente no estaba nublada, solamente lo deseaste, pero preferiste no comenzar por ella pues la necesitarías para realizar mejor tu labor. Iniciaste con un pie, luego seguiste con el otro, así continuaste desgarrando pellejo tras pellejo, chupando la sangre que salía de tus heridas; Así estuviste un gran tiempo, consumiendo antinaturalmente tu propia carne hasta que únicamente quedaba tu cabeza. No habías muerto, era absurdo, seguías allí y tu boca hacía un último esfuerzo por tratar de comer lo que faltaba pero ya no podías, sin embargo no por eso te detenías en el ímpetu de hacerlo. Tus ojos terminaron fijos en el techo de aquel sitio, casi resignados, buscando posibilidades que lindaban en lo bizarro. Concentrado en un punto, parecías querer abrir algo con tu mente, violar aquel gran velo de realidad; posiblemente habías descubierto como terminar tu inconclusa faena. De improviso, en aquel grande y obscuro vacio comenzó a gestarse el nacimiento de algo que ibas a conocer. Un hoyo que emulaba la entrada a un gran abismo invertido, salido de quien sabe donde, se acercaba hacia ti quien presto lo esperabas, sonriendo, seguro de lo que iba a ocurrir luego, o al menos eso parecía. Una risa inundó todo aquel universo mientras tu cabeza se veía devorada. Eras tú, o era la proyección de tu propia alma convertida en halo sombrío. Sentiste que ibas a renacer, que otro periplo de vida daba inicio con todo eso, y así tu cabeza se fue desvaneciendo, tragada por tu propio Yo. Al final quedó únicamente aquel extraño lugar, sumido en la nada, irrumpido por un estruendo destructor que gradualmente se iba volviendo escandalosamente poderoso, arrasando con todo lo que había; el Armagedón estaba llegando ¿Aquí terminaría todo?
En el limbo tu esencia gravitaba, consumiéndose en intemporalidad, el paso final para el comienzo del fin y de allí la nueva vida. Poco a poco tratabas de entender todo lo que te había ocurrido, toda tu existencia pasada. En el “final”, dedicaste tus pensamientos a aquella pequeña librería y como fue hasta cierto punto parte importante de ti. ¿Cómo pudo tener éxito un lugar tan pequeño en medio de la vorágine comercialista de la ciudad?, evocaste aquella pregunta tan común en tiempos pasados, salida de la nada, quizá ahora estabas en posición de responderla, quizá era la esencia de aquella bestia la que atraía a las personas, camuflada convenientemente, a fin de conseguir potenciales alimentos, deliciosa carne y espíritu; Aunque también pensabas que todo eso podría tener como eco la comunión que se producía entre aquel ser y algo que dormía en todos los seres humanos, herencia de tiempos olvidados vistos en tu periplo, aquellas épocas negadas del hombre pero no por ello inexistentes; Posiblemente esas eran las respuestas o posiblemente no, no importaba ya, ahora deseabas descansar, perderte, diluirte de una vez, comenzar desde un punto cero, mientras más rápido mejor pues el hambre nuevamente comenzaba a atormentarte.
El reloj despertador dio las 6 de la mañana. Te incorporaste de mala gana, era domingo, día de misa. Tu familia no era creyente a ultranza de la religión, más bien se trataba de una costumbre heredada del tradicionalismo conservador de los parientes de tu madre, la misa matutina. En la casa todo el mundo se preparaba para salir, sin tener cuidado en el desayuno pues debían ir en ayunas para poder recibir la eucaristía. Por fin todo estaba listo, entonces enrumbaron a la iglesia, la cual se encontraba cerca, poblando un extremo del ovalo. Mientras caminabas, difusas imágenes se formaban en tu mente, rezagos de un interminable sueño, pero eran demasiado ambiguas, desaparecían, dejando lugar a pensamientos sobre como aprovecharías un domingo que se pintaba bastante agradable.
La iglesia se levantaba de cara al ángel del ovalo, a su costado se dejaba ver un moderno supermercado que todavía dormía el sueño de los justos. La construcción clerical externa era parca, sin muchos adornos, modernista, gris. En el interior, se levantaban terribles vitrales que en su multicolorismo dejaban ver dolientes escenas de la pasión y crucifixión de Cristo. A medida que el tiempo pasaba, el interior del templo se veía animado por la llegada de numerosos feligreses. Comenzado el acto litúrgico, el bullicio inicial devino en una grandiosa solemnidad. Todo el mundo se perdió en la rutinaria plegaria del sacerdote, la cual parecía un guión que cada cierto tiempo aparentaba cambiar, disfrazándose de ágil, jovial, actual. Mientras el padre hablaba, tu permanecías ido, enfrascado en otras cosas, ni siquiera atendías a la oración o a los requerimientos de ponerte de pie, actitud que visiblemente alteraba a los presentes, incluida tu familia. En tu interior comenzaban a apreciarse viejas escenas que parecían de un pasado que aparentemente habías borrado, pero que ahora retornaba de manera salvaje. De súbito, comenzaste a ver diversos rostros; recordaste un mundo, diversos mundos que te abrazaban; La imagen de una pequeña librería vino a ti, supuestamente ubicada en un lugar que sabías no podía ser pues esa casa estaba abandonada desde que tenías uso de memoria. La imagen de dos alegres ancianitas completó el cuadro anterior; Sus rostros tan lozanos, a pesar de la edad, inundaron tus recuerdos que repentinamente fueron atacados por una borrasca letal que acabó con tus memorias, dibujándose en su lugar la imagen de un terrible monstruo, secundado por las ancianas, transformadas en languidecientes escorias inhumanas. Todo vino tan rápido pero tan claro, quizá estabas volviéndote loco; toda esa fantasía, un onirismo que era demasiado real. Te volviste al mundo cuando tus padres te jalonearon pues había llegado la hora de la eucaristía. Te uniste al cúmulo de personas que ansiosas formaban una cola, prestas a recibir la salvación. A medida que avanzabas, te ibas haciendo consciente del delirio por el cual atravesaste; un mal sueño, solamente eso, quizá estabas demasiado estresado por algún problema, tenías el día para olvidarlo y relajarte. Por fin llegaba tu turno, estabas a dos personas de distancia del sacerdote; Aquellas que te precedían, avanzaron hasta ponerse una al lado de la otra; tú las observaste, viste como la primera recibía el sagrado pan para luego partirlo y dárselo a su compañera, luego ambas se volvieron hacia ti y contemplaste como simultáneamente “profanaban” con sus lenguas el cuerpo de Cristo, mientras te clavaban sus extraños ojos rojos. Petrificado en tu lugar, reparabas en aquellas dos ancianas; no lo podías creer, la cálida locura de tus sueños te estaba visitando en el frío mundo real. En aquellos momentos recordaste algo que faltaba, te viste transfigurado en una bestia que devoraba a una monstruosa entidad, similar a ti, para luego fornicar con dos terribles criaturas semi –humanas; Veías tu propia boca transfigurada en algo grotesco, repleta de manera repelente; Volvías a seguir comiendo, atribulándote de carne, riendo a más no poder, escupiendo pedazos de hueso, regurgitando en sangre, gozando descontroladamente de aquella pervertida y personal comunión.
No pudiste soportar más, saliste corriendo de aquel grupo, empujando y tirando a cuanto te estorbara en la huida. Te dirigías a la pila de agua bendita, querías purificarte. Ese domingo, la fuente estaba repleta del líquido sagrado, llegaste al mismo y sumergiste tu rostro en él, incluso bebiste de allí; al parecer conseguías el resultado esperado, te comenzaste a sentir bien, parecía que aquello te estaba solucionando el problema, pero de pronto sentiste un afán incontrolable por vomitar, y así lo hiciste, vomitaste, vomitaste el alma sobre el agua bendita.
Blasfemia!!!!!!!!!!!!!!! Gritaron un sinnúmero de voces, las cuales se iban acercando hacia ti, sabías que en esa muchedumbre seguramente estaba tu madre y tu padre, quizá tus hermanos. Apoyado en la fuente, con la cara aun agachada, cerrabas los ojos a lo que acontecía, aunque ya sabías que estabas condenadamente “cagado”, no había motivo para seguir haciendo al ciego. Te abriste al mundo y trataste de ver lo que te daba la bienvenida, dándote de frente con un pozo infectado de hedor y de un líquido viscoso proveniente de tus propias entrañas, y en medio de aquellos fluidos pudiste ver algo, la sombra reflejada de un rostro de pesadilla marcado con dos terribles esferas rojas que clamaban por lo que era suyo, lo que realmente fuiste y ahora eras.
En ese instante de conversión, un furibundo sacerdote se acercó hacia ti, te tomó del hombro, tú volviste a él, cogiste su mano y se la rompiste como si fuera un simple juguete. El hombre quedó demudado por el intenso dolor, entonces lo tomaste en tus brazos y comenzaste a morder, y en ese momento te transfiguraste. Podías ver el rostro de tus padres, de tu familia, de los presentes, sentiste que las imágenes de los santos derramaban lágrimas invisibles de sangre, percibías que más que por una condenación lo hacían por el dolor que afloraba de tu espíritu o quien sabe por qué, a lo mejor por que se horrorizaban ya que parte de su castigada humanidad se regocijaba pecaminosamente con tu aparición. En medio de aquella naciente trifulca, dos presencias gozaban con aquel espectáculo, mientras se alejaban pues su labor estaba terminada.
La gente comenzó a salir despavorida, aquellos que considerabas tus seres queridos te abandonaron, solamente quedaste tú, degustando un insano plato. Lo habías recordado todo. Fue verdad, cruda pero al fin verdad.
El acto final se vio coronado por una espantosa risa que se elevó en el atrio del templo. La gente en la calle seguía escapando, temerosa de lo que habían visto, derramando su exquisito miedo por doquier. En el interior del templo no existía nada más que la sotana hecha pedazos de un cura. Tú estabas en otro lugar, hambriento, listo para un mundo como aquel, pero ¿El mundo estaba listo para alguien como tú?
Colofón: En un rincón hay un loco que deambula en los límites de la razón y la desesperanza, su nombre te es conocido, ahora yace tranquilo pues ha sentido que pronto vendrán por él a poner fin a su tortura, ya que su rol en ésta historia se había cumplido. De súbito la pudo ver, la hermosa muerte de ojos rojos. Era el fin, sus últimas palabras estuvieron llenas de enfermiza dulzura.
Por fin has renacido y yo renaceré contigo, ahora y siempre……

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