miércoles, 2 de diciembre de 2009

CIUDAD SIN NOMBRE - Corrupción

El microbús se había quedado atrapado en el tráfico, fue entonces cuando lo vi. Apenas debía tener no más de 9 años y ya estaba abandonado a su suerte, con el rostro carcomido por alguna enfermedad, esgrimiendo una apariencia tan patética que revolvía el contenido de mi estomago, exacerbando lo más recóndito de mi ser. Su cuerpo se mezclaba con la idea de tanta publicidad barata que existía sobre derechos humanos las cuales parecieran quedarse únicamente en la pantalla y en los sofisticados rostros que las enarbolaban, mientras pequeñajos como aquel continuaban pudriéndose en su lucha contra la miseria. Sus jóvenes ojos, cuya naturaleza muerta tendría que predominar en vez del brillo de la vida, mostraban sin embargo una negativa a dejarse exterminar por el sufrimiento, entregándose a una pequeña luz coronada con naciente ira la cual deformaba la poca inocencia de aquellos “años felices”, y que lentamente lo iría consumiendo mientras observaba el devenir diario de autos, camionetas, micros, omnibuses y tanta gente anónima que pasaban por su lado, “radiantes de felicidad”, hablando a viva voz por sus celulares, manejando con actitud de dueños del mundo, dejando atrás a seres olvidados, devorados por fatal combinación de demonios internos y externos, enarbolando la etiqueta trasera de muerte en vida a todo color.

Lo más curioso de éste espectáculo era el fondo en el cual se escenificaba tamaña “obra de arte”. Era un gran pedazo de espacio público rellenado de distintos colores, escupiendo eslóganes que hablaban de eliminar la miseria de las calles. El detalle principal de aquel panel publicitario lo constituía el rostro de un hombre blanco de mediana edad, esbozando una bella sonrisa que daba la apariencia del padre comprensivo y dispuesto a escuchar, formando un estereotipo poseedor de un considerable poder de seducción.

Por fin el ómnibus dejó de ser presa del atolladero y retomó su camino, dejando cada vez más lejano al pequeño, solo en su mundo, olvidadas sus carnes por el cieno humano que se había regocijado con él. Poco a poco mi vi devuelto a nadar en el abismo de frivolidad e indiferencia que me rodeaba, reclamando mi atención un cúmulo de conversaciones desatadas acerca de la carnicería en la que se estaba convirtiendo la vigente campaña electoral cuyo mayor atractivo se concentraba en la persona de Edmundo Cárdenas – Cuyo rostro ya nos era conocido sino recordemos el cartel anterior- cual limpia trayectoria y perfecta reputación lo hacían notable entre las familias y grupos “respetables” de la ciudad; de la misma forma, su mensaje se vendía como pan caliente en los sectores populares. Justamente, otro de los presentes mencionaba que el tipo comenzaba a dejar sentir su “llegada” en las clases necesitadas por el hecho de presentar un interesante y bien detallado programa de recuperación de la pobreza, cuya frase de batalla rezaba “RESCATÁNDONOS DE LA INVISIBILIDAD”, ya que – según explicaba el sujeto – Don Edmundo buscaba eliminar aquella condición de muchos ciudadanos cuyas penurias los convertían en inexistentes pero a la vez gestaba que cada conciudadano se liberara de esa tara y comenzara a ver a aquellos que hasta ese momento resultaban anónimos para sus vidas. Mientras las personas se regocijaban en tamañas propuestas, yo recordaba a aquel niño ya tan atrás en el tiempo; su imagen sirviendo de fondo a todos estos habladores, sus formas mezclándose y desapareciendo mientras los discursos proseguían; tamaña imagen afloró en mí una nauseabunda risa que se vio coronada cuando un hombre de avanzada edad, bien arreglado en su apariencia, comentaba que votaría por el candidato Cárdenas porque únicamente él estaba presentando un verdadero plan de acción en especial contra tanto pordiosero y sucio que lo único que hacían era afear el aspecto de la ciudad, desmereciéndola ante la apreciación y el juicio de los turistas que la visitaban. El repentino sonido de una canción me sacó de mi comunión social, era un mensaje de la oficina solicitando urgentemente mi presencia, aviso que por afortunada coincidencia llegó justamente cuando el ómnibus finalmente arribaba a mi paradero. Descendí del transporte y pese a la prisa que me apremiaba, opté por quedarme observando la manera en como el vehículo se alejaba, llevando su preciosa carga, repleta de tanta paradoja cuya intensidad me causaba un discreto mareo que remecía mi consciencia.

La casa estaba alquilada para toda la campaña política. Me acerqué a la puerta de entrada. En la parte superior de la fachada se situaba una grande y bien sujeta pancarta, detallada con una imponente imagen la cual bastaba para comunicar todo el mensaje de la propuesta del grupo. Un rostro que no necesitaba presentación, el rostro de Edmundo Cárdenas.

Esa era la sorpresa del día; Yo trabajaba para la campaña de Cárdenas y aun no sabía por qué lo hacía, lo cual me creaba una interrogante que me acompañaba desde el despertar hasta el instante de mi entrega al mundo de los sueños. No podía encontrar la respuesta precisa a mis actos. Pensaba que quizá obedecía a mi lado infantil e inocente el cual distinguía, en medio de tanta engañosa y manipuladora publicidad, de tanta vorágine corrupta que caracterizaba el mundo de la política, un pequeño retazo de confianza y sinceridad en las palabras e ideas de Edmundo; Un argumento ridículo para muchos, sobretodo si salía de un joven adulto quien ya gozaba de los vicios del ser humano y sin embargo usaba esa justificación tan pueril, en vez de decir que estaba allí por ambición personal o por que compartía con el resto de sus compañeros el hambre y el deseo por ser omnipotentes. En fin, el reloj daba las 9 de la mañana, era tiempo de dejar a un lado tanto existencialismo – barato para muchos - y comenzar la rutina diaria, impregnar mi huella en la vida cotidiana como era costumbre cada mañana al salir el sol.
Desde un inicio, el día se perfilaba bastante escabroso, difícil de manejar aunque lo que vino luego terminó por aniquilar cualquier límite o idea que pudiera haber imaginado. Una larga agenda inconclusa me apretujaba el cuello, habían tareas y asignaciones que no pudieron ser cumplidas a tiempo por lo que la campaña podría verse afectada, algo imperdonable dada la proximidad de las elecciones. El solucionar algunos de esos errores cometidos era parte de mis competencias por lo que era apremiante darles fin, así que decidí quedarme ese día, si era posible dormiría en el local a fin de adelantar todo el trabajo que pudiese realizar. Revisé en la agenda si había compromisos o reuniones pendientes para hoy, el resultado fue cero. Entonces, a partir de las 6 de la tarde tendría toda la noche de aquel viernes únicamente para mí.


Las esclavizadoras agujas del reloj parecían correr inusualmente desenfrenadas a partir de mi decisión, como si acudieran en tropel a una invitación la cual era frecuentada con creciente ansiedad, marcando la desolación en el recinto a medida que se acercaba la hora señalada. Por fin dieron las seis y el lugar se notaba repleto de la más absoluta soledad, a excepción de un alma dispuesta a iniciar su afanosa y nocturna tarea. Sumido en mi trabajo, vi desfilar lo más difícil de mi pesada carga laboral. Minuto a minuto lo complicado y agotador se convertía en juego de niños, ya ni siquiera me molestaba el hecho de trabajar aquellas horas extras no reconocidas; Era tanto el desenfreno y la excitación inusual que experimentaba, extraño para una labor tan tediosa como la mía, que no reparé en ciertos eventos sonoros que se manifestaban afuera de la casa, como si la rodearan con una sutil aura la cual lentamente comenzaba a dejarse sentir en los muros y pasadizos del lugar, dando cuenta poco a poco de cualquier insensibilidad a su presencia. Así, me vi mezclado junto con un desconocido bullicio cuya existencia, tan repentina y hasta hacía poco desapercibida, terminó por arrastrar mi malsano interés, mezcla de curiosidad, suspicacia y miedo pues no conocía que o quiénes eran los causantes de tamaño evento. Yo estaba seguro de haber revisado cuidadosamente la agenda y no existía programación de actividades para esa noche. A medida que crecían mis interrogantes, podía notar como el ruido comenzaba a incrementar su nivel, hasta tomar la forma de un bizarro aluvión sonoro cuyo eco se asentaba en mi mente, pisoteándola y estrujándola. Los muebles de la oficina comenzaron a moverse de sus sitios, el cristal vibraba, mi cerebro convulsionaba, pero aquello no se detenía. Si antes primaba mi ansiosa curiosidad por conocer la fuente de toda esa parafernalia, luego aquella evolucionó a un total fastidio, degenerando finalmente en un infame y absoluto terror por una fuerza desconocida que en cualquier instante derribaría la puerta que débilmente me separaba de ella, arrastrándome con su estruendo a quien sabe que mundo del cual jamás regresaría, como si se tratara de una “taquillera” y vulgar película de terror. Llegó un momento en que no pude soportar la furiosa e intimidante inminencia del ruido; corrí y me acosté debajo del escritorio, abrazándome a mi mismo, esperando lo inevitable.

De pronto, todos mis miedos y pesadillas se hicieron humo, arrebatados por una repentina quietud, superior a la de un cementerio a la medianoche; Y con el fin de aquella monstruosidad bullanguera y caótica sobrevino una muestra de valor y osadía cuando me animé a abrir la bendita puerta, aquella que hasta hacía unos momentos constituía el límite entre la cordura y la locura, encontrándome con nada pues todos los pasillos estaban vacíos. Recorrí todas las oficinas en busca del horror que por poco me llevó a territorios de enfermedad mental, pero todo fue infructuoso pues “nada” fue lo que encontré. Cuando creía haber terminado mi escrutinio, recordé haber olvidado específicamente una habitación, un gran salón de recepción que por su aspecto antiguo posiblemente fue edificado por los padres o abuelos de los actuales propietarios. Algunos de los encargados de la limpieza, viejos conocedores de la historia de la casa, contaban que a pesar del deterioro, todavía se podía notar la imponencia de aquel ancestral ambiente, la misma que ellos guardaban en su memoria, impregnada de vidas y vivencias, de hombres y mujeres cuyo halo vital persistía en el aire del recinto. El recordar tamaña descripción me motivó para dirigirme al sitio, con pasos que se adelantaban al control de mi voluntad, recorriendo el trecho que me separaba de esa vieja puerta, guardada por una ceremonial cabeza de león, aldaba guardián destinada a anunciar la presencia de los convidados al lugar.

Cuando la puerta se abrió, me vi frente a una terrible obscuridad que no conocía limites, no podía ver el fondo del recinto, no hallaba luz alguna que me guiara, solamente una corazonada que sobresaltaba mis sentidos, empujándome a que avanzara, a que me adentrara en territorios desconocidos; Lo más razonable hubiese sido negarme a tamaña sugerencia pero en el fondo no quería hacerlo, deseaba verme sumergido en aquel caótico mundo de Oniros.

El tiempo en ese sitio parecía inexistente, no sabía en que momento había ingresado; creo que caminé eras, siglos, milenios con sabor a segundos, asaltándome con golpes, dejando en mi las huellas invisibles de lo eterno. Lentamente me fui acostumbrando a aquella nueva vida, sin saber a donde ir, sin ni siquiera ver a donde me dirigía, desesperanzado, vagando como un simple caminante de las estrellas, cuando de pronto una de ellas hizo gala de su presencia. Un ínfimo punto luminoso se dejo ver, me dirigí raudo hacia él, repleto de algarabía mientras trataba de alcanzar la cola salvadora de aquel imprevisto cometa. Una luz tan lejana paulatinamente se fue convirtiendo en una ardiente y deslumbrante boca la cual me daba la bienvenida y me invitaba a ingresar en el vientre de la bestia lucífera, mi salvadora de la penumbra.

Atravesando el bosque luminoso, cruce el umbral de la puerta estelar y di con aquel nuevo sitio, cuya apariencia parecía resultarme bastante familiar, quizá se trataba de una relegada tierra ilusoria, pobladora de mis tantas fantasías de infante en las que yo era rey y gobernaba desde un gran atrio medieval, sentado solo en un inmenso trono gris. El lugar sin embargo guardaba una atroz diferencia pues éste mundo se asemejaba más a un antro prehistórico o incluso podía rebasar los límites iniciales de esa época; Sus paredes rocosas estaban adornadas con extraños símbolos y rostros inhumanos, no deformes ni horrendos, quiero decir desconocidos, innombrables pues creo que no existía palabra o lenguaje alguno para designar a aquellos seres que tapizaban superficie tan tosca.

Pululando por los diversos rincones se hallaba un gran número de personas, amontonadas y distribuidas en desorden, todos sin notar o hacer caso a mi presencia, restándole incluso la más mínima importancia que pudiera merecer. Los convidados conversaban en voz alta pero las palabras que proferían parecían indistinguibles; pensé que podría tratarse de algún idioma extranjero pero a medida que las seguía escuchando, más parecían gruñidos de algún animal combinados con desagradables regurgitaciones. Mientras trataba de observar lo mejor que podía a estos seres, recordaba a los “pobladores” de los muros, pero de algo estaba seguro y es que los presentes eran humanos o al menos eso aparentaban; no se notaban rasgos que llamaran la atención y dijeran lo contrario, eran personas iguales a mi, mas ¿Qué diablos estaban haciendo allí? ¿Qué era éste truculento pedazo de espacio? ¿De dónde había salido? Algunas respuestas no tardarían casi nada en llegar.

En un extremo de la “habitación” se “irguió” una figura cuya presencia se elevó por sobre todos los presentes, dejando sentir una poderosa tormenta de incontables conjuros expectorados por su boca, cuya extraña resonancia inundó todos los extremos del ambiente, impregnándose en cada átomo del espacio, viajando por las mentes en las que se inoculaba como si se tratara de una enfermedad incurable a la cual te condenabas por una sencilla razón: Era la propia voluntad la que la llamaba, anhelaba y aceptaba, ansiosa de su presencia, sentida como una garantía obscura de que al menos tenías la seguridad de existir y continuar viviendo aunque sea en aquella incomprensión revestida por la figura del bizarro mundo en el cual nos hallábamos. Un primigenio temor dio inicio a su tarea, tratando de alejarte de ese sitio lo más pronto posible, pero a él se opusieron diversos sentimientos encontrados los cuales confiaron en mi inicial “invisibilidad” social, tomando entonces la decisión de acercarme más al grupo, anhelando comprender sus secretos, celosamente guardados, que se dibujaban ante mí con los signos de lo oculto.

Respirando el resuello de los habitantes de aquel paraje, podía sentir como aumentaba la sensación de estar siendo invadido por algo desconocido y su esencia se reafirmaba como la dueña absoluta de la noche eterna al tomar ahora la forma de una repulsiva nube, traducida por el olfato cuya vulnerabilidad se vio taladrada por la peor pestilencia que sentí en toda mi vida, superior quizá a 100 basurales putrefactos juntos. El hedor invasivo desequilibró toda mi persona, lo sentía subir por mi boca violando la santidad de su portal, viéndose libre para recorrer mi cuerpo, mezclándose con mi sangre, acariciando mi cerebro, perdiendo mi humanidad en aquel infierno. Y fue en ese instante cuando me di cuenta de que ya no era “invisible”; la totalidad de las miradas que allí se hallaban posaban en mí su atención, penetrando las carnes de mi cuerpo hasta hacerlas pedazos. Perturbado, traté de esconderme de aquella siniestra inquisición cuando al volverme a otro lado, reparé directamente en la figura del “orador principal”, aquella terrible presencia que dominaba a las demás, y fue entonces cuando la vi realmente, como si un siniestro velo se hubiera raido de encima de él, permitiéndome contemplar su identidad. Aquel, también se deleitaba en descuartizar mi alma con sus asquerosos ojos, los ojos de un hombre blanco de mediana edad que hasta hacía poco eran símbolo de la honestidad y los buenos valores, los ojos de Edmundo Cárdenas.
Cualquier capacidad de acción que podría haber sostenido hasta ese instante quedó desvanecida por la impresión. Se trataba de mi propio jefe transfigurado en un ser que si bien conservaba el aspecto humano se sentía diferente a ello, sus ojos me lo revelaban en el espanto que su pestilente alma provocaba, pero lo mejor recién daba inicio pues súbitamente algo comenzó a moverse a espaldas del malogrado Edmundo, algo que aparentaba ser una sola cosa pero que en un instante pareció comenzar a desdoblarse en dos extraños bultos, perpetrando movimientos que los hacían más notorios por sobre el cuerpo de Cárdenas. No quise perderme el resto del espectáculo, lo que realmente eran aquellas cosas. Ya no me importaba nada, solamente me deje arrastrar por el terror que llamaba a mi puerta, invitándome a no huir. Avance aun más, deseoso de estar en primera fila para la gran revelación y a medida que caminaba, el público me abría paso, anhelantes de que llegara a mi destino. Así, en un momento me ubiqué demasiado cerca a Edmundo, pero sólo de esa forma pude contemplar en su magnificencia la totalidad de aquellas nuevas figuras quienes ahora se me mostraban en toda su plenitud, como si hubieran estado esperándome, prestas a arrebatarme el poco juicio que me quedaba. A la izquierda de Cárdenas, el bulto tomaba la forma de algo pequeño, materializándose en la imagen de un niño al cual conocía; era aquel pobre infeliz, el chico que había visto cuando el microbús estaba atrapado en el caos vehicular, allí estaba con el rostro más miserable que en ese entonces, aunque sus ojos repletos de odio hasta hacía poco tornaron en mudarse a dos espacios que reflejaban un sobrecogedor vacio que no decía nada, como si se tratasen de dos cascarones que mantenían integra su estructura superficial pero la vida que protegían se había extinguido, desaparecido por algún agujero existencial. A la derecha de Edmundo, un ser comenzó a dejar notar su rastrera existencia y ante aquel no pude mostrar reacción visible pues sentía que algo me lo impedía, pero por dentro mi alma se estremeció y deseó huir de mi cuerpo para acabar con todo de una vez, convirtiéndome en una cascara resquebrajada que finalmente se estremeció cuando el cuerpo de aquella cosa mostró en su inmensidad su depravado esplendor, descansando su masa sobre unas repulsivas protuberancias las cuales “nadaban” en un repugnante y viscoso charco que ella misma segregaba. Inhumano, el ser se acercaba más a mí y yo no hacía nada, creo que no quería hacerlo.


Mis pensamientos comenzaban a debatirse en la locura mientras observaba a la bestia y no mostré resistencia cuando acercó su rostro al mío, pudiendo sentir su pútrido aliento hasta el punto de saborearlo dentro de mi boca. Luego, aquel ser atrajo al pequeño niño – El de la izquierda de Edmundo - a su lado, acariciando su cabeza en un ademán de ternura que me desconcertó, dibujando en mi rostro una moribunda imagen de confusión que regocijó al monstruo a la par que sus garras recorrían el cuerpo del pequeño, rasgando pedazos de su piel, llevándoselos a su inmundo hocico, deleitándose con aquel infantil aroma semejante al de un exquisito dulce recién horneado. La cara del niño no evidenciaba emoción alguna, únicamente unas silentes lágrimas que comenzaron a derramarse, asemejando una eterna catarata de sufrimiento que regaba los cimientos de una tumba viviente cuya falta de todo terminó por incomodar en demasía a la bestia, volviéndola presa de sus impulsos. El ser cogió brutalmente al pequeño y lo arrojó con todas sus fuerzas sobre los demás invitados quienes recibieron con brazos en alto a la ofrenda brindada por su “divinidad”, depositándola en el suelo para luego entregarse a un infernal y lujurioso banquete al que se aunó el mismo candidato Cárdenas. Una salvadora obnubilación se apoderó aun más de mi persona, pero incluso así podía escuchar el crujir de huesos, el desgarrar de carnes inocentes, la sangre que era libada como el más exquisito vino, los órganos revueltos y convertidos en un amasijo sin nombre formado en la boca de los “comensales”; pero por encima de esas visiones, podía ver aquel rostro, el mismo que me conmovió cuando lo vi abandonado en la calle, una inocente amargura resucitada que poco a poco se iba diluyendo, cada fragmento ensuciado con la saliva y el escupe de sus profanadores, devorada su totalidad, perdiéndose completamente en la acidez de lo putrefacto.

En medio de la casi culminación del sanguinario festín, el rostro de Cárdenas se apartó de su presa, volviéndose hacía donde yo estaba, observándome maliciosamente mientras su boca enrojecida se reía de una manera estúpida. Aquello que estaba delante de mí ya no era mi jefe, ni siquiera se trataba de una persona pues un ser humano no podía ser así, era imposible. Sabía que la maldad gustaba de anidar en nuestros corazones, pero la nueva mirada de Edmundo iba más allá de nuestra capacidad de degradación. Observándolo, me encontré aun más perdido dentro de mi laberinto emocional, repleto de dudas y repentinas y ridículas preguntas, trastornadas y traducidas a un ínfimo sentimiento cuya tímida voz me susurraba, causando un discreto eco en mi espíritu y su más microscópica sugerencia llegó al punto de despertar en mí una infernal ansiedad la cual clamaba por el deseo de muerte a fin de acallar aquellas sugestivas e insignificantes palabras repletas de ilogicidad, quizá por el temor de que alguna de ellas estuviera colmada de la más pura y odiosa verdad.

¿Cómo era posible que lo que yo llamaba inhumano fuera más nuestro de lo que pudiésemos imaginar? Acaso toda esa bestialidad y más, ¿Todo ello era propio de nuestra especie? No lo podía creer, y sin embargo aquel diminuto e impensado conocimiento no quería irse de mi mente, incrustando dolorosamente su “pequeñez” en mi conciencia, revelándome cosas que no quería saber, perturbando el sueño de lo inconsciente y lo reprimido. Ya no quería saber más, deseaba que toda esa blasfemia me abandonase pero aquel sitio en el que estaba dificultaba la tarea. Me hallaba condenado a seguir bebiendo del vaso en el cual se mezclaban la cordura y la locura dando forma a un trago procedente del averno cuya embriaguez no me daba respuestas acerca de lo que deseaba ¿Cómo había dado inicio todo aquello? Las interrogantes no hallarían contestación en ningún rincón de mi cerebro, tampoco en los ojos de los muertos cuya inocencia había terminado por desaparecer; Finalmente, creí que solamente en los ojos de la bestia hallaría la solución; Sus ojos, los únicos que en ese entonces existían en aquel universo; Los suyos, contagiados en todos lo que le acompañaban.

La anti - realidad que imperaba terminó por imponerse a mis divagaciones. El banquete estaba terminado; Del niño no quedaba ni siquiera un minúsculo pedazo que atestiguase su fútil existencia en el mundo. En ese entonces todos los invitados se habían vuelto hacia Edmundo, y del mismo modo que él, se fijaron nuevamente en mi persona y sus ojos proyectaban un hambre descontrolada y perturbadora, aun insatisfecha, revelándome un temido mensaje. Yo era el siguiente plato en el menú.

Vi muecas en el rostro de la bestia, anticipando la sangría de la cual sería yo el protagonista. Observé como miraba a sus acólitos, dando la impresión de estar impartiéndoles una silenciosa orden, silentes sugerencias que producían el temido movimiento de la multitud. Impotente ante aquella masa que aspiraba a devorarme, casi podía sentir el rugir y la fiereza de sus podridas almas, cuyo poder terminó por abrumarme de una manera decisiva, dando conmigo en el hecho de quedar completamente resignado a mi destino, renunciando a mi propio ser, a mi curiosidad, a mi anhelo por hallar la solución a las incógnitas que hasta ese momento me planteaba. Repentinamente, al final del túnel ya no veía nada más, ni siquiera los ojos del monstruo, solamente la calma que sus fauces me prodigarían, solamente debía esperar mi final. Pero incluso de la misma desesperanza, extrañamente suelen irrumpir pequeños abismos que se esfuerzan por desbarrancarnos a fin de protegernos de una caída aun más terrible que cualquiera que pudiéramos conocer.

Era solamente un punto de luz dibujado en el alto techo, tan parecido a aquel que antecedió mi llegada a ésta tierra de nadie. Una visión delirante en lo profundo del espacio que fue creciendo en inmensidad para poder engullirme, conduciéndome supuestamente a un universo en donde el dolor no existía, pero el escenario en el que fui precipitado difería del que yo me imaginaba pues se asemejaba en demasía a mi ciudad, tan caótica como siempre, poblada por seres sin voluntad sobre los cuales se desataba la tormenta de una implacable horda, dejando bajo su paso un rebosante valle de cadáveres del cual se levantaban sobrevivientes, pocos, irguiéndose en medio de la muerte, abrazando nuevamente la vida con una retorcida sonrisa, con unos ojos que emulaban los de su pérfido patrono; Él estaba allí, sobre una terrible torre coronada por un extraño palacio en cuyo salón principal se hallaba sentado; a su derecha estaba Edmundo Cárdenas observando el “tranquilo” panorama que abajo se dibujaba, mientras sus hilos de marioneta eran movidos al gusto del maestro que las manipulaba. Entonces aquello era el desenlace de todo, un futuro aciago transfigurado en una odiada realidad poblada por “lacayos” contagiados por la esencia del monstruo, apestando a ¿Humanidad? Esa palabra se transformó en un glorioso torbellino que nuevamente te arrastró al camino de querer saber, conocer, fue entonces cuando las interrogantes volvieron a ti, sedientas por hallar la senda que las condujera al esclarecimiento; pero en éste mundo de sombras que aun no acontecían, las respuestas tampoco podían ser halladas, debías volver pero si mal no recordabas te encontrabas sin ningún tipo de voluntad de vivir, sin motivación; morirías y te condenarías en una ilusión, a menos que……

Lo siguiente que recuerdo es que me encontraba arrojando a cuanta persona se pusiera en mi camino, dueño de una atrocidad sobrehumana que me impulsaba. Buscaba desenfrenadamente al monstruo cuya presencia hasta hacía poco tiempo se hallaba tan próxima y que ahora se tornaba esquivo, como si quisiera escapar de mí, escudado por sus seguidores quienes se oponían a que ambos concretáramos nuestro reencuentro. Pero mi mortal deseo pudo más que cualquier ejército demoniaco y finalmente volvía a estar cara a cara con la bestia. Su nueva cercanía volvió, trastornando mi deseo de respuestas en desespero, asco, enervación, una multitud de escozores asesinos que azuzaban mi cuerpo con dirección al cuello del ser; lo cogí y lo apreté con toda mi fuerza, creía que no lo soltaría hasta haberlo matado, apreté su carne de una forma tan poderosa que de ella brotó un extraño liquido cuya consistencia bañó mis dedos, cubriéndome toda la mano con sugestiva y hedionda calidez. La esencia de la bestia atravesó mis poros, filtró su pestilencia a través de mi carne, comulgando conmigo en la forma de una obscura revelación que dormía celosamente en la naturaleza de ambas especies las cuales se mezclaban producto de aquella siniestra invasión que padecía, recordando nuestro olvidado parentesco.

Humanos y Bestias cooperando en la saciedad de sus instintos, compartiendo un vínculo de familia cimentado en el despertar de nuevos apetitos, conllevando con ello su necesaria e inevitable satisfacción. Despertar, evolución y ascensión a un nuevo plano de vida cuya fuente provenía del mismo lodazal, común para ambos tipos de monstruos. Odio y amor les provocaba el verse, mientras danzaban en medio de un fino ritual de canibalismo, elevado como parte de una cíclica cadena alimenticia dotada de fría belleza, dentro de la cual se generaba el despertar de un eximio ansia por nutrirse de algo que solemos llamar Inocencia, pero no cualquiera sino aquella que renacía únicamente cuando el cuerpo humano expiraba y el libre albedrio de su espíritu se desataba en dirección a rincones incognoscibles. Un dulce tan apreciado por la bestia, anhelante por corromper la última pureza del néctar humano, reduciéndolo a escoria en medio de un fino éxtasis orgásmico. Pero eso no era lo único, la sabiduría que compartías también te mostraba el otro lado de aquella pureza, un universo en el cual el hombre se hundía para luego emerger sin nombre, repleto de deseos y placeres olvidados, tan primitivos, tan propios de uno, de ellos, los elegidos para recorrer el camino que te conduciría al lado siniestro del alma, la raíz de toda interrogante y respuesta pues finalmente todas ellas nacían y morían en uno mismo y nada más.

La bestia no corrompía pues tu ya lo estabas desde el día en que naciste, solamente despertaba ese lado escondido al igual que el de la luna y eras tú el que elegía el aceptar convertirte en un nuevo hombre, accediendo entonces a la guía de tu otrora hermano quien te enseñaba a descubrir los misterios de tu propia locura, revelando a tu fino paladar el extraviado gusto por la carroña humana, sumiéndote en un distorsionado paraíso nirvanesco de retazos de grasa y nervios. Terminada la labor, la bestia quedaba sola, “acompañando” al espíritu del difunto; ambos entes partían, saliendo de la antesala previa al derrumbe de las puertas cuya caída significaba el preludio para la liberación de las almas, imbuidas de muerte, corriendo hacia el nexo con el máximo pensamiento del albedrío universal, que le permitía al hombre volver a sentir un estado perdido durante la existencia en el mundo terreno, recuperado en medio de su extravío terminal. La deliciosa cacería dejaba satisfechos los sentidos del monstruo.
El ser humano mataba y consumía la carne, desencadenando una primigenia escena; entonces, en el punto final de cuando el espíritu daba inicio su viaje, la bestia lanzaba su malevolente distorsión, “chupando” del cosmos aquella preciosa inocencia, reduciendo el frágil espíritu a una simple y vacía podredumbre etérea que se diluía en un limbo de inmortal confusión dentro del cual quedaría condenado por eones, simplemente debido al capricho de un monstruo por satisfacer sus recónditos placeres. La vida bien valía un momento de clímax, los que eran como él lo comprendían, aceptaban sus requerimientos, daban la bienvenida a los recursos que se les brindaba para ocultar al resto del mundo sus inclinaciones, escapando de la condena, ingresando a extraños espacios en donde daban rienda suelta a sus instintos. Así era el acuerdo entre humano y bestia, allí residía el poder, en la necesidad de uno y en la libertad de conceder lo que el otro anhelaba. Esa era la importancia del ser humano, “corromper” la carne de sus congéneres, un acto que en tiempos perdidos también era del gozo de la bestia. Pureza era la clave de todo el requerimiento del monstruo, esencia sin degeneración carnal o espiritual para alimentar un gusto evolucionado. Pureza que no iba con las almas de los que habían sido nuevamente acogidos por la gran familia del ser ya que si el alimento estaba “contaminado” entonces no habría el reto de pervertir pues alimentar lo putrefacto con más putrefacción no tenía sentido, paradójicamente la bestia no lo aceptaría, es más su cuerpo lo rechazaría, constituyendo un envenenamiento a su pérfida naturaleza. Con las reglas puestas sobre la mesa, ambos seres caminaban en medio de la nobleza y el detrimento, cogidos de la mano pero sin mirarse realmente, pues quién puede estar contento al verse reflejado en un espejo viviente que devuelve la realidad de tu alma. Repudio y fraternidad eran la base para tan extraña relación.

Demasiadas ideas, imágenes redundantes, todas desfilando ante mi mente, fueron tantas que terminé saturado de verdades, reaccionando humanamente ante ellas por medio del tan humano recurso de la negación. Me negué a creer, quizá la bestia me drogaba y me engañaba con el contacto de su “espíritu”, pero al observar su rostro pude leer una malsana sinceridad en sus ojos, regodeándose en su fantasmal pestilencia; luego me volví al séquito y sus miradas me lo confirmaron. Pero si toda la humanidad poseía aquella revelación dentro de sí, entonces, mi interrogante se redujo a querer saber si quizá yo también poseía un obscuro rincón repleto de aquella otra humanidad, aunque la respuesta resultaba bastante obvia, debía tenerlo, era la némesis de mi idealismo infantil transfigurado en la fe que sentía en las personas, como “modestamente” lo demostraba cuando hablaba de la campaña de Cárdenas, un sentimiento repleto de un celestial aroma que se imponía a su contraparte, desatando desgraciadamente una exquisita fragancia que me transformaba en apetecible delicia terminal. Desesperanzado y casi al borde de la demencia, solté el cuello del monstruo; yo ya no tenía donde escapar y si lo lograba no me sentiría seguro en ningún rincón pues en ese instante pensaba que la marca de aquella cosa se hallaría grabada en cada persona con la que me cruzase, un estigma que dormitaba soñando con el momento de su alba, apestando en lo más recóndito de las almas, incluso de la mía pues no era ajeno a aquella “mancha”. Entonces, contemplé como Edmundo Cárdenas se me acercaba sonriente, blandiendo un gran puñal en su mano derecha, mostrando aquella expresión paternal tan celebrada en él y que ahora me resultaba una patética máscara repleta de excremento. Edmundo me miró, sediento de satisfacer sus impulsos, de acallar el hambre de su maestro, impaciente por precipitarme al infierno de sus sádicas entrañas. El cuchillo describió una intensa trayectoria, cortando el espacio hasta recabar en su destino. Un rio se desbordó brotando de una antinatural fuente. Un terrible chillido sacudió el tiempo, viajando con locura por las mentes de todos los presentes.

Edmundo Cárdenas estaba en el suelo, sujetando el cuchillo cuya hoja se había clavado en el cuello del monstruo quien furioso y moribundo desgarraba las carnes de Edmundo, buscando su yugular. Aun no entiendo por que lo hice pues creía estar dispuesto a morir de una vez, solamente recuerdo haberme movido de forma inhumana, luego el acto de dirigir el golpe, la lucha, hasta finalmente contemplar a la carrera el episodio postrero, aquellos dos entes revolcándose en un pozo infecto y obscuro mientras yo me perdía en otra obscuridad, alejándome de esas voces repletas de miedo e ira que se aunaban a los últimos berreos del monstruo y de Edmundo Cárdenas cuya alma condenada envenenaba el éter del espacio, contaminando la esencia del infernal propietario, desatando un intenso padecimiento que se dejó sentir en un creciente halo de sufrimiento, agudo como una temible aguja cuya punta horadaba mi incrementada sensibilidad. Ojala y por fin todo se hubiese terminado, esos fueron mis últimos y pueriles deseos mientras proseguía nadando en aquella intensa penumbra sin fin, la cual había elegido por propia voluntad, buscando alguna salida que pudiera devolverme mi precaria razón.
Repentinamente desperté bañado en sudor, recostado en el piso de mi oficina, repleto de borrosos recuerdos sin forma que lentamente se esclarecían hasta dar vida a la más absurda historia que se me podía haber ocurrido. Todo parecía formar parte de un loco sueño y por unos instantes me llené del más infantil entusiasmo, creyendo firmemente en la teoría de los terrores nocturnos lo cual habría salvado la ínfima cordura que creía poseer pero en verdad aquellas falsas esperanzas terminaron por diluirse cuando voltee y lo vi tendido en el suelo, mostrando su paternal aspecto convertido en retorcida mueca post mortem. La garganta destrozada; un cuerpo animado por un espantoso hedor, demasiado incluso para un cadáver, que invadía la realidad y pugnaba por retenerme en mi obscura pesadilla. El olor me devolvió al miedo y no podía librarme de él, se impregnaba en mí, recordándome mi propia inmundicia, comulgando ambas en celestial paraíso perdido de lo depravado. Entonces los ojos muertos reflejaron mi verdad, renaciendo de la obscura y sanguinolenta raja del cuello, exigiéndome no la resurrección sino el tributo anhelado. El final tendría que llegar y estas vez no solamente por hambre sino también por delicada venganza. Creo que lo único que se me ocurrió fue salir despavorido de aquella casa, solamente para diluirme en los recovecos de la ciudad, confundiéndome con las sombras de la mundana noche.

Pasaron algunas semanas y ahora el mundo me conoce como el asesino del redentor de los desposeídos. Pero esos imbéciles no me preocupan pues si me atrapan únicamente me darían unos 15 a 20 años de infierno con el beneficio de reducir mi condena a la 5ta parte si es que me porto bien o adhiero a alguna religión. Mi prioridad está en escapar de aquello que anhela profanarme con su repulsivo gusto; vengativo por no haberme adscrito al honor de sacrificar el último gramo de pureza que supervivía en mí, mi indefenso niño que miraba con endiablada esperanza el horizonte. Había tenido tiempo de meditar y ahora estaba desesperadamente seguro de que aquello no era el único de su especie pues si ese ser existía entonces por qué no podrían existir otros iguales, formando familias, legiones interminables que se mezclaban con la humanidad, beneficiándose unas de otras, gozando en un peculiar paraíso de locura dentro del cual soy un proscrito a quien gustosamente descuartizarían miembro a miembro. Se que me vigilan, por eso salgo escasamente sea de día o de noche. Cuando estoy encerrado en mi habitación, mis pensamientos se dirigen al momento en que aparecerán, pero aun no lo hacen, quizá todavía esperan el tiempo adecuado para poner término a la cadena que me ata a ésta eternidad de muerte en vida. Los días pasan, de las paredes pareciera que brotaran ojos. A lo lejos un sutil olor a cadáver me pone en guardia aunque al final compruebo que se trataba del maldito camión de basura. La vida sigue y sin embargo me he quedado detenido en un pedazo de ella, vegetando en medio de olores repulsivos, esperando a los ojos muertos, esperando la hambrienta vendetta amarga e inhumana. Tengo hambre y creo que solamente estaré satisfecho cuando esté muerto. Siento sus dientes o son los míos que roen la carne de mi boca. La bestia duerme en mi cabeza, su hedor emponzoña mi sangre. Ya vienen por mí. Ni siquiera puedo dormir pues aparca en mis sueños. No puedo pensar porque susurra dentro de mis ideas. Ni la psicosis me sirve pues es su lugar favorito, sirviendo de amable anfitrión en cada una de las puertas que conducen al desvarío. Que estúpido fui al pensar que huiría para siempre ¿Acaso tenía la marchita esperanza de poder salvarme? la verdad quería creer que así era pero lo real es que pronto me alcanzaran, ya no me queda mucho tiempo. Pienso en poner fin a mi vida pero ni el suicidio sería la solución pues están allí también, prestos a darme la bienvenida. No hay salvación, en mi caso creo que jamás la hubo.

EPÍLOGO
Borrador de Nota de Prensa, Sección Policial: En la habitación Nº 09 de una destartalada casa de huéspedes, fue hallado el cuerpo del asesino del candidato Edmundo Cárdenas. El cadáver estaba “limpio”, sin ningún tipo de heridas. Los ojos estaban en blanco dándole al cuerpo un aire de película de terror. El momento de la muerte se fijó en aproximadamente una hora antes de la llegada de la policía teniendo como referencia las declaraciones de la propietaria de la residencia quien en ese lapso de tiempo pudo escuchar los últimos ruidos provenientes del cuarto, confusos pero todavía humanos. Los agentes no encontraron nada sospechoso en la habitación, ni siquiera un arma, aunque hallaron una gran cantidad de palitos de incienso aromatizante. Reportaron que en el transcurso de su permanencia en la pieza pudieron percibir un olor que se acrecentaba hasta volverse inmensamente insoportable, algo cuya causa permanecía en el más absoluto misterio pues allí no había nada que aparentemente pudiese provocarlo, ni siquiera el cadáver pues todavía no presentaba signo evidente de avanzada descomposición. Las hipótesis manejadas hasta el momento parecían apuntar a un presunto suicidio. Como nota aparte, los policías acotaron la existencia de extrañas marcas en las paredes cuyas formas asemejaban siluetas humanoides, remarcadas en gran cantidad en los distintos puntos del cuarto; Algunos de los agentes refirieron que al acercarse a las mismas pudieron notar como un buen número de ellas parecían superponerse a otras de su mismo género; del mismo modo, manifestaron que además de las marcas más notorias había otra cantidad que delataban su presencia siempre y cuando el observador se acercase bastante a las paredes, descubriendo aquellas huellas tan tenues pero que sin embargo delataban su perturbadora existencia en el lugar. La dueña de casa relató a los investigadores que aquellas marcas jamás estuvieron en sus muros pues recientemente estos fueron pintados y refaccionados y que la última vez que ella ingresó a la habitación, hacía solo un día atrás, pudo contemplarlos sin ningún signo que los deformase. Los agentes encargados tomaron parte de la superficie de las paredes a fin de realizar los análisis correspondientes. Un detalle curioso a tomar en cuenta es que cuando los especialistas realizaban su trabajo, por un momento se quedaron en silencio como si se hubiesen perdido o sido arrebatados del mundo, teniendo que ser sacudidos por otros agentes, luego de lo cual terminaron raudamente su labor. Algunos de sus colegas refirieron que estas personas evidenciaban un estado de desesperación o angustia en su semblante y en sus actos, dijeron además que una vez terminado su trabajo, guardaron apresuradamente la evidencia y se retiraron a toda prisa del sitio.
Se esperan aun más pesquisas a fin de tratar de entender y esclarecer éste caso, relacionado con un hecho tan triste que sigue enlutando a la clase política nacional.

Luego de terminar de escribir su pseudoartículo, el periodista se dirigió cansado al baño y se lavó el rostro, tomó la toalla que había a un lado y se secó cuidadosamente la piel, luego se volvió al espejo. Fuera del edificio en donde aquel vivía, una pareja transitaba alegremente, respirando la brisa nocturna que alimentaba sus pasiones pero aquella de pronto comenzó a sentirse insoportable, con un ingrediente de fina putrefacción que carcomía el olfato, desgarrando caminos de carne y nervios hasta llegar a la misma mente de los desdichados, expuestos a tan vibrante experiencia. El hombre salió corriendo a fin de escapar del purgatorio en que se había transformado su paseo, pero al reparar en su mujer, ella estaba quieta y sonriente, con la mirada idiotizada y con la saliva hirviente deslizándose por sus rojos labios, hallándose en el inicio de un sutil hambre que pronto exigiría satisfacción, quizá en el tipo que la jaloneaba pugnando por sacarla de allí. Dentro del edificio, en uno de sus departamentos, en el interior del baño, unos ojos sobrenaturales se deleitaban en desgarrar la imagen que el espejo devolvía mientras una retorcida sonrisa se admiraba de lo bella que podía resultar en medio de un ambiente colmado de frío y adictivo hedor. Se acercaba la hora de comer.

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