Julián observaba su figura, dibujada de manera perfecta sobre la lisa superficie del espejo, recorriendo con su vista cada centímetro de su cuerpo desnudo mientras imaginaba como escupía sobre aquellos que siempre le habían criticado, tildado de loco por asumir aquellas descabelladas ideas; hasta hacía unos días no había tenido pruebas de demostrar lo que desde niño percibía dentro de sí pero ahora estaba seguro de ello, podía sentir aquella certeza en cada milímetro de su pálida piel. De pronto la puerta de su habitación estalló en pedazos, y una gran cantidad de tentáculos blancos aparecieron de la nada, invadiendo el espacio en el cual vivía condenado, rodeando todo su cuerpo, estrujando su carne hasta poder oír el crepitar de sus desdichados huesos; sus gritos de ayuda se perdieron en el laberinto de su mente, ahogado por una fuerza sin nombre que apagó su fútil resistencia, cegando todos sus sentidos hasta caer desvanecido en brazos de su inminente muerte.
La obscuridad se apoderó del alma de Julián en la forma de un ente desconocido y sin conocimiento del tiempo y el espacio, cuyos invisibles brazos le acunaron, llevándolo consigo en un posible viaje sin retorno. De pronto, una extraña luz comenzó a violar aquel etéreo paraje borrándolo lentamente de la inconsciencia de aquel desdichado. Julián abrió los ojos y se encontró en medio del infierno pues eso debía ser ya que la presencia de aquel sitio agujereaba profundamente su espíritu. El Averno no era tan vasto como él se había imaginado, al contrario de todo resaltaba por lo ínfimo que resultaba; un pequeño pedazo de realidad limitado por cuatro paredes blancas, opacas y con la propiedad de no devolver siquiera sombra alguna con la cual poder conversar; Julián alzó sus ojos y luego los bajó, presa de una pequeña esperanza que se diluyó al reparar que por todos lados lo único que le acompañaba era aquel desdichado color a manera de mortaja que envolvía su cálido y viviente cadáver. Arrimado en un rincón, maldecía a la muerte la cual debía haberle traído la paz eterna que anhelaba cuando estaba vivo, pero ahora parecía que lo único que le esperaba era una eternidad de condena, de desanimo, de apatía, de estar allí tirado rodeado por estructuras provenientes de la nada, en espera quizá de que producto de la desesperanza procediera a hacerse pedazos él mismo en un inmortal tiempo que reproduciría la misma sensación y el mismo hecho una y otra vez. Pero Julián no estaba muerto, aunque en sus sueños parecía cumplir ese anhelo, sin embargo la realidad era otra pues hacía muchísimo tiempo que su cuerpo y alma se hallaban prisioneros, una estancia que se veía distorsionada por las pesadillas que narraban simbólicamente el comienzo de su reclusión física.
Habían sido días extraños los más recientes, más que de costumbre, pero ese día en especial sus recuerdos confusos comenzaron a agolparse con mayor ira, evocando los sucesos de los “últimos días”; haciéndose presa de una desesperanza que se agolpaba y derribaba frenéticamente las paredes de su frágil Yo; la respuesta final a sus interrogantes estaba cada vez más próxima. Al recordar las cosas que estaban pasando, una fuerza invisible irrumpió en la habitación, él pudo sentir esa extraña energía que de pronto lo instó a elevar su vista y a mantenerla fija en una parte del techo, tratando de descubrir algún consuelo en aquella blancura muerta; escudriñó por doquier en aquel pedazo de inexistencia, agudizó hasta el extremo su capacidad de observación, fue tanto su esfuerzo que de pronto pudo notar un pequeño cambio, una variación que lentamente se iba formando, naciendo para aquel mundo, estructurando sus átomos y moléculas hasta formar el aspecto de una extraña ondulación que asemejaba las tranquilas aguas de un lago, una visión que de pronto comenzó a ampliar su capacidad al empezar a asumir propiedades del agua cristalina como el hecho de poder devolver la imagen de aquel que se posara frente a su superficie. Julián se hallaba embobado ante aquel repentino prodigio pero la sorpresa no terminaba de manifestarse ya que aquello comenzó a transfigurarse en mayor escala y de pronto Julián pudo ver en ello algo que iba más allá de su actual realidad, pudo contemplar un pequeño bulto lloroso que fue reconocido como él mismo cuando era un recién nacido, en un tiempo que ahora parecía rememorar en todo detalle aunque aquello le parecía imposible pero así era. Las imágenes se reconstruyeron mágicamente ante él y se depositaron en el bizarro lago, y aquello le hablaba y él entendía su lenguaje, las palabras y figuras danzantes que le devolvían al preciso momento en que todo había comenzado, exactamente en el instante en que fue poseído por el demonio que solemos llamar vida.
Era solamente un bebe pero en ocasiones causaba un caos innombrable, inundando a su pequeña familia con un llanto desgarrador y terrible cuya furia se asentaba en los sentidos de quienes le escuchaban. Por alguna razón incomprensible, aquel lamento no se detenía, por más comida o masaje que se prodigaba a la persona del pequeño ser. La madre buscaba histéricamente alguna razón que justificara aquellos episodios pues el bebe no se hallaba sucio, ni con hambre, ni con gases, ni con nada, etcétera, un etcétera que se prolongaba a rincones desconocidos que sumían en desesperanzas a la pareja de progenitores. En vano resultaban las idas y venidas a médicos, brujos y sacerdotes; no había enfermedad, daño o posible posesión, nada podía explicar los ataques que sumían al pequeño en llanto; Al final, el dolor convivió tanto con la familia que se hizo costumbre y su relevancia quedó en el olvido, aunque eso no detuvo las lagrimas del pequeño Julián quien no podía explicar aquella corrosión que le recorría por dentro mientras sentía como partes de él desaparecían ante el apetito de ese algo que se había hecho presente desde el momento en el cual él abrió los ojos a la vida; sus palabras inexistentes se traducían en llanto mientras aquello continuaba deleitándose en su obscuro placer.
Los años pasaron en aquella pantalla improvisada. Julián se vio como un niño arrimado en un obscuro rincón mascullando frases ininteligibles mientras realizaba extraños dibujos a manera de garabatos caóticos con inmensos dientes que devoraban pedazos de algo teñido de un intenso rojo, todo nadando en un ambiente obscuro de letal perdición; A su alrededor contemplaba los horrorizados ojos de sus padres quienes observaban como su pequeño hijo pasaba horas creando aquellos fantasmales seres que se iban acumulando en su cuarto, poblando los grises muros de su habitación. Julián no era adepto a sonreír pero siempre lo hacía cuando terminaba su extraña labor y contemplaba satisfecho aquellos extraños seres que habían salido dentro de sí, complacido por haber podido encerrar en trazos a aquellos torturadores invisibles que le agobiaban.
Los años seguían pasando en el pozo y el Julián actual continuaba perdido en su observación de lo que para él era la recreación de un viejo artefacto mitológico que le permitía ver su vida pasada, pero sobretodo el sentir aquellos momentos, tal como podía sentir ahora a aquel mismo visitante interno que jamás le había abandonado.
Continuando su recorrido, Julián se halló como un taciturno adolescente, caminando solo por las esquinas y recovecos de la ciudad donde vivía, absorto en sórdidos lugares y en rincones poblados por almas descarriadas y olvidadas, en cuyo dolor y sufrimiento podía hallar la comunión que anhelaba y necesitaba, adentrándose un poco más en el porqué del sufrimiento de tantos, entre los cuales se incluía él mismo. Sentado en la obscuridad de un maloliente pedazo de tierra, el Julián adolescente extrajo algo de su bolsillo y luego comenzó a dibujar en las paredes, trazando esbozos de rostros inconformes y deseosos de morir, haciéndolo con un trazo tan burdo pero imbuido de letales y contundentes mensajes cuyo significado podía ser conocido si compartías algo del alma de la locura; Luego se vieron las numerosas ocasiones en las cuales se recluía en las casas de algunos de sus escasos amigos, y allí también daba rienda suelta a su interioridad, llenando las paredes de las habitaciones con mundos anónimos, proscritos y rechazados por el humano normal; las imágenes eran el deleite y el estremecimiento de los que le acogían a tal punto que muchos de ellos desembocaban su fascinación en la creación de portales que poblaban el limbo cibernético, en los cuales el alma de Julián residió de manera involuntaria, teniendo un espacio de vida en el cual recibía visitas de personas anónimas ávidas de perderse en su mente, en la de aquel improvisado e involuntario artista traducido a un cúmulo de bytes digitalizados en los cuales se encerraban mudos secretos de un ser deseoso de librarse de ellos de una vez por todas.
Los años continuaron pasando en el “pozo” y la sombra de Julián proseguía con sus excentricidades; su familia habituada y resignada pasaba por alto todo lo que veía en él, quizá con la falsa y psicótica esperanza de que con pasar por alto lo que hacía finalmente terminarían ignorando el hecho de que él mismo existía y así incluso lo borrarían de sus vidas, olvidando y diluyendo su mismo recuerdo; Mientras su familia albergaba tan “cariñosa” añoranza, Julián continuaba inmerso en su mundo, sufriendo él solo con “aquello” hasta que un día, tan extraño o más que los otros, cuando se hallaba en medio de la calle, finalmente ocurrió, el ansia se apoderó de él al igual que la inquietante angustia, fue una avalancha interna que lo apabulló; ya ni siquiera los dibujos pudieron calmarle pues pintó pared tras pared pero no podía detenerse pues el alivio que le significaba el exteriorizar su tormento de pronto perdió toda su habilidad sedante volviéndose en enfermiza compulsión la cual le instaba a decorar cada vez más paredes, a un ritmo que amenazaba con matarlo, y fue en ese lapso de locura que tuvo a bien ser descubierto por la policía la cual lo arrojó a una fría celda en la que tampoco cesó en su intención de querer seguir dibujando, pero no contaba con los medios para hacerlo pues las cosas que llevaba encima se las habían arrebatado los agentes del orden, lo único que atinó a hacer fue comenzar a usar las uñas, las cuales destrozadas y sangrantes no fueron impedimento pues comenzó a usar su sangre como tinta, algo que fue advertido por algunos agentes quienes con mucho esfuerzo lo sacaron, amarrándolo y arrojándolo a un cuarto obscuro el cual se pobló de gritos inhumanos cuyo eco quedaría impregnado, maldiciendo aquel apestoso lugar.
Julián observó luego, fijado en aquellas bizarras ondas, como se dio el traslado de la cárcel al desvencijado hotel psiquiatría en el cual fue abandonado, allí donde nadie lo visitaba pues seguramente su familia se hallaba eufórica ya que por fin tendrían la oportunidad de hacer realidad el sueño de librarse de él de una vez por todas. Así comenzaron sus días, los días del hotel psiquiatría, las caminatas por su piso mohoso, recorriendo la senda del atardecer, transitando por el mugriento patio repleto de deshechos móviles de carne que pululaban hambrientos y desolados, desamparados por la misma existencia.
En sus caminatas, Julián hablaba consigo mismo, profundizando acerca de ese algo que durante toda la vida había cohabitado con él, y cuando terminaba de pensar recaía en gritos cuya intensidad parecían cobrar mayor fuerza y poder; ya ni los dibujos exorcistas le servían de algo. Fueron tantos años en los que creyó tener el control, de haber podido siquiera detener en algún sentido el apetito voraz de la bestia, pero ahora ya nada podía evitar el desenlace que le esperaba; agradeció al menos que las pastillas que le daban le calmaban en algo el terrible dolor que experimentaba cuando sentía como cada una de sus células se desvanecía frente al hambre de aquella cosa sin nombre que irónicamente compartía la vida con él.
La vida del huésped transcurrió lentamente, fueron años en los que sus extraños y constantes soliloquios pasaban como rutina por los pobladores del lugar, aunque en los “últimos tiempos” había captado bastante atención por parte de un recién llegado psiquiatra quien había cobrado un extraño interés por Julián, especialmente por su discurso y por lo peculiar de su caso; Durante días y semanas, apuntó las palabras expectoradas por él; su cuaderno de notas se transformó en un bizarro poemario repleto de declaraciones en las que se cruzaban estrofas pobladas de pirañas invisibles y minúsculas que adherían sus fauces a los tejidos internos del cuerpo, deleitándose en saborear cada pedazo de cartílago y nervio; hablaba de termitas infernales y su poderosa marcha cuyas huellas de desolación solamente dejaban un sinfín de huesos astillados o huecos por el hecho de haber sido consumidos en todo su interior; y en el clímax máximo de sus pesadillas inconscientes, los versos hablaban acerca de un ente que no contento con consumir cualquier vestigio de lo que existiera dentro del cuerpo orientaba su hambre a ir más allá de eso, ya que si llegara el momento de que la carne no le bastara para satisfacer el apetito, entonces habría que buscar algo mucho más suculento, quizá algo más superior, tal vez el alma. La hora se aproximaba, Julián se daba cuenta por la progresiva diferencia que sentía cuando sufría el insoportable dolor, proveniente de ningún lado y de todos a la vez. El deseo impregnado de tortura traducido en cada mordisco que aquello prodigaba en el organismo de Julián se convertía a cada momento en un mayor y progresivo tormento, horrendo calvario adornado con funesta angustia, una punzada que se transformaba en un millón, cuya fuerza atravesaba cada milímetro de los restos de humanidad. Cabía la posibilidad de que el banquete se acercaba ya a su recta final.
El tiempo siguió con su paso, imperceptible para el delirio, atroz y cruel para la normalidad. La pared mostraba como las hojas de anotación del psiquiatra iban dando paso a muchas otras, cuadernos enteros. Julián seguía quejándose, admitiendo ahora que su corazón a duras penas se mantenía intacto aunque “aquello” ya lo tenía apartado, mezclando una sanguinolenta merienda con extractos del vasto espíritu humano cuyo consumo parecía prolongarse hacía una horrenda eternidad. Existían momentos en los cuales Julián decía poder sentir la presencia de aquel ente en el interior de su estomago, absorbiendo los jugos gástricos hasta dejar únicamente una superficie árida e irritada la cual lentamente se desvanecería triturada, y de las paredes estomacales únicamente quedarían retazos e hilachas de tejido que ni siquiera podrían retener un pedazo de escoria, aunque a pesar de aquella infausta verdad Julián continuaba tragando la infernal comida que aquel recinto le prodigaba, pese a la certeza de que aquella únicamente se derramaría sobre sus órganos sobrevivientes, quedándose desperdigada hasta comenzar a volverse putrefacta, incrementando la repugnancia y el gusto del ente, habido de corrupción y hediondez.
La película parecía larga y aburrida, por tratarse de la vida completa de un esperpento, pero el precio valía la pena para contemplar aquel espectáculo, para comprender lo estúpido e irreal que había resultado todo. Las imágenes prosiguieron el desfile de vivencias por el camino de un tiempo muerto. De pronto, Julián comenzó a sobresaltarse, y sintió que la cosa que habitaba dentro de él también experimentaba cierto estremecimiento aunque lo hacía por el goce triunfal que significaba volver a vivenciar aquel instante, un tiempo cuya silueta comenzaba a plasmarse en blanca superficie. Ese día todo cambio, las cosas ya no tuvieron retorno y el final abrió su telón mostrando a un Julián sentado en medio del grande y mugriento patio del hotel psiquiatría; Parecía un día como cualquiera, propio de la estación invernal la cual prodigaba a la escena aquella sensación de humedad que parecía colarse discretamente por los pulmones hasta llenarlos salvajemente de agua; la llovizna había improvisado en el piso pequeños charcos de agua estancada recreando obscuros y pestilentes oasis por toda la extensión del patio el cual como era costumbre, se hallaba poblado por un gran número de huéspedes quienes deambulaban por cada rincón, acompañado cada uno de su demonio personal, de su locura y delirio, de su deseo de apartarse del mundo y convivir únicamente en su pequeño universo multicolor escapado de aquella masa gris a la cual solíamos llamar realidad.
Julián podía recordar claramente todo lo ocurrido y ahora lo podía volver a ver, “en vivo y en directo”. Allí estaba nuevamente la imagen de aquel sujeto avejentado, con el cabello recortado burdamente, exhibiendo una cicatriz de cirugía en su cabeza, dando la impresión de ser un monstruo propio de una película sci-fi clase B al cual se le había practicado una humanitaria lobotomía; el ser caminaba torpemente y cada cierto tiempo comenzaba a golpearse la cabeza y a hablar consigo mismo recriminándose insistentemente a fin de callar algo invisible que cada cierto tiempo se divertía susurrándole actos inaceptables que amenazaban con irrumpir en todo su esplendor sobre su depravado equilibrio inyectándole la dosis final del exquisito caos. De pronto, la imagen proyectada palideció con el cuadro de aquella extraña punzada que agobió el pecho de Julián, impulsándolo a hablar acerca del hambre del ente que convivía con él, del apetito de aquella cosa la cual se cobraba con alguna parte de su organismo; sin embargo, en esa ocasión la punzada comenzó a multiplicarse, ya no se ceñía únicamente a una parte del cuerpo, de pronto comenzó a manifestarse infinitamente por diversas partes del organismo, y mientras su número se iba incrementando, con él también lo hacía el miedo a lo inevitable. En ese instante el aire se hizo pesado, y su cada vez más creciente impureza se dejaba sentir sobre los corazones y las desvencijadas mentes de los huéspedes del hotel psiquiatría. Por fin todo dio inicio, se combinaron los dolores que aquejaban brutalmente a Julián, el viciado ambiente que descendía, lo grisáceo y deprimente del día, la suciedad de costumbre pero que ante aquella inicial combinación elevaba su putridez a la enésima potencia, y por último la locura de los habitantes quienes uno a uno fueron cayendo en un abismo instintivo más profundo que el acostumbrado, en cuya boca se extraviaron sus débiles defensas psíquicas creadas artificialmente por los medicamentos y que en ese instante se diluyeron para dar libertad a innombrables bestias transfiguradas en la carne de los infelices habitantes del hotel psiquiatría. Julián volvió a verlo; la génesis, un hombre vomitando palabras acusadoras a todo el mundo, increpándoles el hecho de querer hacerle daño, lanzando insultos que en un principio eran ignorados por el resto de huéspedes, inmersos cada uno en la errada búsqueda de su extraviada razón; nadie hacía caso real al belicoso hasta que aquel comenzó a lanzar al suelo a cuanto se le cruzaba por su camino; esta vez el impacto si dio que hacer al resto, sobretodo a los más violentos, uno de los cuales levantó una voz terrible e inhumana, demasiado poderosa para alguien tan viejo pero así de sorprendente también fue su siguiente reacción la cual fue el hecho de venir corriendo, llevando en la mano un grueso palo de escoba, profiriendo rugidos que se manifestaron en la forma de un pasmoso golpe que dio por los suelos con el “acusador” inicial cuyo cuerpo rodó por unas escaleras hasta dar con su rostro empapado en un charco de agua estancada. La humanidad real por fin estaba libre para dejarse ver, lejana a cualquier atadura convencional, de todo límite, de todo molde social, era pureza en pleno que se regocijaba en las vidas de aquellos desdichados. Por otro lado, y de una forma diferente pero compartiendo la misma esencia que nutría a sus compañeros, se hallaban desparramados los idos del mundo, aquellos que solamente habían dejado sus carcosas armaduras de carne sumidas en inmunda inexistencia mientras sus mentes pululaban perdidas en purgatorios y limbos, mostrando esos mundos por sus ojos perdidos y por la saliva que descendía de cada una de sus bocas; aquellos seres esta vez dejaban ver su terrible aislamiento interno adornado por sus cuerpos que se estremecían retorciéndose sin parar mientras que sus ojos se transformaban en dos esferas blancas e inhumanas, a la vez que sus bocas se abrían desmesuradamente deformando terriblemente los músculos faciales, dejando ver horrendas fauces que se abrían a una realidad negada para ellos, quizá en un inútil afán por devorar aquella vida tan apartada la cual los dejaba simplemente tirados por distintos rincones, anónimos sus cuerpos, “ausentes” de los dueños, profiriendo silenciosos gritos mientras sus iníciales estremecimientos culminaban en una pasmosa quietud, más horrenda que la acostumbrada, una inercia corporal que daba la impresión de una contranatural amalgama entre la vida y la muerte, que era bienvenida por sus otros compañeros, aquellos que aun “vivían”, danzando desenfrenadamente a su alrededor, tropezando con sus cuerpos mientras gritaban por todos lados, corriendo de un extremo a otro, imbuidos en un frenesí propio de antiguos y olvidados tiempos tribales que resucitaban en un alucinado e infernal “rave” repleto de demonios transfigurados en colores psicodélicos, danzando sobre la pegajosa superficie la cual se asemejaba a un revoltijo de cerebros descompuestos y cuya escoria se exhibía como recuerdo de las mentes que alguna vez albergaron; Pero mientras todo aquel pandemónium se salía de control de los encargados, mientras aquellos recién comenzaban a darse cuenta de la situación y se esforzaban en controlarla, reprimiendo el miedo que pudieran sentir de que aquello se saliera aun más de cualquier control; mientras eso sucedía, Julián se veía a sí mismo, en medio de todo el patio, como el núcleo que irradiaba los raudales de locura, alimentando el delirio de sus compañeros; allí estaba él, con la mirada perdida, extendido sobre el suelo, nadando en basura tangible y psíquica, solo y rodeado de tanto caos, mientras por dentro aquel ser, su acompañante desde el momento de su nacimiento, se deleitaba en sus mordiscos y porciones devoradas, ansioso por cada milímetro de su ser, una ansiedad que le era familiar desde que era un niño y cuya locura le había llevado a preguntarse si alguna vez aquel progresivo sadismo terminaría por desembocar en una orgia final y decisiva, una inquietud que pronto alcanzaría su satisfacción, él se dio cuenta de ello, Julián reparó en su obscena realidad, la que tanto había esperado, por fin conocería el desenlace.
Al fondo de uno de los pasadizos, un grupo de hombres de avanzada edad, quizá los más viejos del hotel psiquiatría, comenzaron a llorar de forma desconsolada combinando lamentos regresivos de recién nacidos con gritos desaforados de ancianas bocas hartas de una eternidad de dolor; por otro lado un sujeto flaco y alto, con los ojos más hundidos que los de un frío cadáver, corría casi desnudo por los pasadizos, envuelto únicamente con una sucia sabana que le servía de improvisada túnica, y su desesperada carrera no se detenía, atropellando a delirantes y llorones, a seres violentos inmersos en guerras internas y a confundidos enfermeros, nada lo paraba mientras corría hacia la vieja y desvencijada puerta de salida, y con sus frías y huesudas manos sacudió la astillosa superficie con terribles golpes que terminaron por desangrarle, mientras la sabana se resbalaba de su cuerpo revelando su macilenta desnudez al tiempo que desnudaba su propia alma en agobiantes gritos que alumbraban una llamada, pronunciando un nombre común, el nombre que es tortura y seguridad en la boca de los niños, pronunciando la palabra “padre” una y otra vez, llamándolo como si recordara el momento de su abandono y él por más esfuerzo que hacía no podía cambiar aquel recuerdo, no podía retener al progenitor quien nuevamente le dejaba a un lado, presa del ahogo, de la furia y del dolor, sensación última que terminó acrecentándose cuando sus huesos recibieron la golpiza de los encargados, en un desesperado intento por tratar de calmarle. Así veía las cosas nuevamente Julián, así volvía a percibir la agonía de sus compañeros, cuyas mentes compartían en el sufrimiento, aunque de distinta índole, luchando como él, librando una batalla perdida que en su caso denotaba la guerra con aquel parasito incomprensible que le acompañaba incluso desde antes de su paso por el portal materno pues ahora estaba seguro de haber convivido con eso desde que era un ínfimo embrión. La “infección” era sinónimo de vida para Julián pero ahora, en el centro del patio del hotel psiquiatría, se debatía con los momentos finales, convencido totalmente pues ya no percibía “calma” en la cosa que le habitaba, sentía que esta vez no pararía, y fueron esos instantes en los cuales comenzó a debatirse con un sinfín de emociones que le impulsaban a querer agujerear su cuerpo para sacarse aquello, a gritar su desesperación con la convicción necesaria para que alguien le creyese; en suma necesitaba morir, ansiaba el beso frío que de una vez por todas acabase con lo prolongado de su padecimiento cuya demora era de por si insoportable; él no lo había soñado así, el “último momento” debía ser instantáneo, el final que había imaginado no debía ser tan angustiante y eterno.
La boca abierta de Julián estaba muda, nadie le hacía caso, él era un enfermo más al cual una sobredosis de pastillas terminaría por ayudarle, enviándolo a un conveniente limbo dentro del cual “moriría” tranquilamente y sin decir una sola palabra, muerte irreal pero conveniente, beneficiosa para las bestias eternas que se alimentan de ellos, los huéspedes olvidados de la existencia.
Luego de un tiempo sin nombre, la puerta de acceso se abrió dando paso a un gran número de enfermeros y doctores quienes irrumpieron violentamente, atropellando en primera instancia al huésped que hacía un momento había corrido desesperadamente a la salida y que se hallaba desparramado en el piso, cansado del dolor, de gritar, de pensar, de vivir; él fue la primera “victima” del personal de refuerzo, armado de potentes químicos que dieron con su insania en el trasto de basura existencial más cercano; la labor de los recién llegados se prolongó hasta que finalmente la calma fue restaurada en el hotel psiquiatría; los huéspedes cayeron en el maravilloso sopor artificial que los medicamentos prodigaban, hasta que finalmente solo quedo él, Julián, cuyo cuerpo reposaba desparramado en lo hediondo del suelo mientras su mente viajaba a los escenarios que antaño dibujaba en las paredes de su juventud; así se encontraba mientras él mismo se observaba desde su “futura” habitación, así pudo ver de nuevo como se encontró rodeado por infinidad de batas blancas los cuales dieron rienda suelta a la satisfacción de su hambre por aliviar tormentos psíquicos, sin embargo nada parecía hacerle efecto, no había limbo para él pues los medios de transporte no funcionaban ni daban visos de trabajar, el seguía prisionero junto con aquella cosa y no existía puerta falsa para su sensibilidad; comenzó a gritar y retorcerse, ante eso, ante la ineficacia de los cocteles aplicados, nadie atinó a comprender o a hacer más por él, la decisión fue unánime y humana; al no hacer efectos los medicamentos, Julián era abandonado a su suerte en medio de la nada, los bata blanca le dieron la espalda. Solo nuevamente, Julián se debatió en medio de su próxima muerte, como él creía, acompañado únicamente de sus gritos y súplicas para que alguien le abriera la carne de una vez a fin de poder contemplar los ojos de aquella cosa, por fin poder verlos realmente y no solamente en sueños como solía hacerlo; poder coger su repugnante esencia y lanzarlo al abismo de la condenación, y así ya por fin morir y descansar en paz, lejos de la ignominiosa cosa, similar a la vida misma. Los enfermeros y médicos se alejaron y Julián se vio retorciéndose en el suelo, inmune a las medicinas pero propenso a la locura, cuando una voz convocó nuevamente a los que ya se iban; era aquel psiquiatra, ese al cual se hizo alusión al inicio de toda esta historia, aquel interesado en la persona de Julián, casi un amigo. En un principio pocos le hicieron caso sin embargo ante la insistencia de sus llamadas acudieron en conclave y cuando estuvieron reunidos comenzaron a llover citas al juramento de salvar vidas y “mierdeadas” ante la inconsciencia de aquellos profesionales cuyo desapego por aquel pobre despojo les arrebataba cualquier indicio de cordura lo cual era lo único que les separaba de los huéspedes del hotel psiquiatría, un nexo que les posibilitaba el hecho de poder salvar o aliviar vidas y no el condenar al infierno a los huéspedes pues entonces cabría hacerse la pregunta de ¿Quién estaba más loco?
Al Julián espectador le dio algo de risa el discurso de su improvisadamente colosal salvador; al ver que los demás comenzaban a hacerle caso, pensó que seguramente le obedecían con tal de verse libres de su moralina hipocrática. El grupo de batas blancas optó finalmente por poner a Julián en aislamiento, ataviándolo con una bella camisa de fuerza, rellenándolo de tranquilizantes cuyo gran volumen terminó por reducir en algo su agitación aunque en su aturdimiento aun continuaba repleto de sus supuestos delirios, recitando de manera agobiante acerca de la cosa que avanzaba por sus órganos, rasgando y reduciendo a guiñapos su alma.
Y eso era todo, aquella última imagen daba por terminada la “película”, no había créditos ni nada por el estilo, solamente la sensación final de estar nuevamente frente a una pared adornada únicamente por la pureza del blanco cuya salvaje cotidianidad le devolvía al momento actual y a la nada. Derrumbado en aquel sitio, Julián contempló su propia vida ya no en la paredes sino dentro de sí; allí, sumido en sus pensamientos se observaba e incluso en esos instantes privados terminaba acompañado de aquella cosa, incluso podía verla con mayor nitidez cobrando formas desconocidas que ataviaban el misterio de su ser; Así, su esencia se presentaba pegajosa, deslizándose por los rincones de su cuerpo, nadando en su torrente sanguíneo, corroyendo cada extracto de sus tejidos y células, dejando a su paso un conjunto de órganos deshechos y apiñados en cúmulos pegajosos de restos que alguna vez conformaron el sistema vital de un ser humano; por aquí podías ver pedazos de un corazón a medio devorar, con sus venas y arterias desgarradas, empapado en el líquido rojo que antes vivificaba sus latidos; por allá podías ver un hígado repleto de pústulas, producto de la corrupción que sufría al tener contacto con la cosa, ansiosa de degustar su sabor favorito, la esencia embriagante de lo putrefacto; Por otros rincones yacían pedazos de estomago adornando una inmensa masa de intestinos convertidos en materia informe, aderezados en jugos y ácidos gástricos, en espera del hambriento comensal quien daría rienda suelta a su hambre, no perdonando siquiera a las fructíferas sobras las cuales serían adecuadamente consumidas hasta dejar únicamente un espacio vacío y hueco el cual representaría el cada vez más cercano momento en el que Julián se convertiría en un frío cascarón resquebrajado que se iría reduciendo a pedazos y luego a un polvo cuya esencia se elevaría en los brazos de los vientos con dirección a mundos desconocidos. En medio de aquel deliciosamente aberrante momento, a pesar de lo absorto de la situación, Julián aun pudo sentir como se abría la puerta de la habitación que tan “amablemente” le habían brindado los administradores del hotel psiquiatría, dejando entrar una curiosa figura.
El psiquiatra se sentó frente a Julián, guardando un respetuoso silencio inicial para luego comenzar con sus preguntas. En el fondo Julián admiraba esa bizarra e inútil preocupación, experimentada por un temeroso ser imbuido del sentido del deber profesional; el sujeto era digno de lástima pero a la vez regocijaba el contemplar una voluntad tan rara para la época en la que se vivía. El psiquiatra estaba empecinado en proseguir su lucha por rescatar el alma de Julián; una vez más pretendió atacar la causa, buscar el origen, indagar de manera urgente sobre los males del huésped aunque él ya se lo había revelado, sin embargo el médico no le creía pues quizá resultaba difícil entender el hecho de que una persona dijera que una cosa nació con él y que desde ese instante aquella se mantenía entretenida devorándole lentamente por dentro, matándolo por toda una eternidad ¿quién en su sano juicio creería un desvarío como aquel?
Las palabras mudas seguían su curso pero la mente del huésped las pasaba por alto por su trivialidad, pues ella se hallaba concentrada en otros asuntos más importantes como el hecho de contemplar como el último órgano del cuerpo sucumbía al hambre de la criatura. Todo este día repleto de insania fue la perfecta antesala para el plato principal; el llanto silente de los orates y enfermos se fundió en un solo lamento hermanado en el trastorno de tantos seres que lloran en silencio dentro de sus propios y desquiciados mundos. Allí en medio de todo lo enfermizo, parecía reinar el “ser”, confundido con la enfermedad, regocijándose en secreto, disfrazado por un velo de trastornos, sin que nadie creyera en su existencia lo cual era perfecto para su satisfacción, para pasar desapercibido, para hallar nuevas victimas, para unirlos en la gran comunión que parecía pulular por este mundo desde tiempos innombrables.
Absorto y ajeno al psiquiatra, Julián acompañaba al ente en el último tramo de su viaje. Delante de ellos yacía una masa arrugada, quien diría que en ella residían las cualidades psicológicas que nos convertían en humanos racionales y pensantes, separándonos de los demás seres vivos, dibujando nuestra bizarra peculiaridad; quien diría que en uno de sus rincones olvidados existía el mismo corazón del alma humana, el asiento desconocido en el cual creían las grandes civilizaciones desde tiempos inmemoriales, aquel lugar en donde la misma humanidad depositaba el soplo original, aquel mismo que significaba mente, existencia, alma o espíritu, misterios que en conjunto constituirían el plato principal. Julián fue testigo en primera persona de la forma en como el ser comenzó a desgarrar la delicada película protectora, recorriendo luego un laberinto de pulpa, rellenando sus orificios de excremento, dándole un toque añadido de suculencia presto a la inminente trituración de su materia, pedazo a pedazo hasta ser reducido a un pequeño extracto de lo que alguna vez fue un cerebro; solamente quedaría un minúsculo fragmento que finalmente terminó por diluirse y en ese instante se escuchó un grito sin fin que anunciaba la muerte de lo más sagrado de la creación.
Las palabras del “muerto” se transformaron en frases proferidas por el antinatural movimiento de su boca y su discurso estrafalario tomó la forma de historias absurdas que viajaban por el espacio mientras unos ojos seguían perdidos en algún punto del infierno; sus cuentos terminaban en el último pasaje de su vida, dando a conocer que su existencia en el mundo había terminado y que la muerte tomaba posesión de él, aunque lo curioso era que aparentemente continuaba respirando, hablando y soñando despierto; pero él estaba muerto, debía estarlo pero sino, entonces aquello significaba una nueva aberración, detalle que fue captado y atendido por el psiquiatra quien parecía descubrir una improvisada arma que le ayudaría a enfrentar y desenmascarar aquel mundo de locura el cual comenzó a ser violentado por una tormenta de argumentos desatado por el profesional, dando inicio a la batalla con el “trastorno” del huésped.
El lenguaje de la enfermedad era difícil de rebatir, se trataba de una guerra de contradicciones que buscaban ocultar y revelar una pequeña senda de esperanza. El absurdo se enarbolaba como la bandera de guerra del profesional y la batalla recayó dentro de un camino tortuoso en busca de aquel extraviado y necesario pedazo de cordura, pero hallarlo dentro de tanto caos requeriría que el psiquiatra se situase por encima de su débil humanidad. La enfermedad se defendió y sus justificaciones hacían palidecer los alegatos de la razón pero a medida que el tiempo pasaba, la voz de Julián se tornaba cada vez más temblorosa y dubitativa, la firmeza de sus argumentos cedían paso al cuestionamiento, a no creer en la realidad de la bestia quien parecía comenzar a sentirse extenuada frente al ataque externo así como a una extraña fortaleza proveniente del alma del humano cuya fuerza parecía resucitar de las cenizas de la mente.
El psiquiatra continuó con su dialogo, hablando y repitiendo ferozmente acerca de lo ilógico de la idea de muerte manejada por Julián, de la paradoja que dibujaba su situación en la cual vida y muerte se sucedían al mismo tiempo, compartiendo en su malograda carne una coexistencia disimulada en la blasfema respiración de Julián quien continuaba hablando como si nada del mundo hubiese pasado mientras proclamaba el evangelio del sufrimiento escrito en su ser sin que su cuerpo mostrase señales de colapso o sin visos próximos de ver transformada sus carnes en un montón de pestilente gelatina.
Julián trataba de rebatir lo que el psiquiatra decía pero todas sus afirmaciones eran respondidas con frases que eran alusivas a su estado vital, al hecho de que aun continuaba en el mundo de los vivos, peleando por su derecho de decir que estaba muerto pero sin estarlo, luchando por lo que creía y sentía, enarbolando un espíritu que solamente un hombre vivo posee, una verdad que la bestia trataba de robarle, de arrebatarle ese oculto extracto de cordura que seguramente devastaría las garras de la sin razón, era menester el denodado esfuerzo de destruir aquella pequeña esencia pero Julián no podía permitirlo, junto al psiquiatra debían proseguir rumbo a su victoria final.
Luego de un buen tiempo, el psiquiatría advirtió en los ojos del huésped la creciente resistencia a su propio mal, ese brillo tan especial que ya había advertido en otros casos, la luz de la victoria que nace frente a la muerte del delirio; las defensas del “monstruo” parecieron colapsar totalmente y en un instante sus respuestas defensivas callaron, permitiendo que asomase con mayor fuerza la normalidad; Por un momento Julián pudo observar el ambiente en el cual se encontraba, libre de la película distorsionada que anteriormente contemplaba pero aun confuso por experimentar el frágil gozo de vivir; Reconoció en parte el espacio al cual estaba confinada su existencia; de pronto, se fijó en la persona del psiquiatra, extrañándose un poco por aquella agitada silueta; él no sabía de quien se trataba y por qué estaba allí, ni siquiera entendía la razón por la cual él mismo se encontraba recluido en ese sitio, rodeado de tanta soledad violada únicamente por sus propias sensaciones, por el fluir de su respiración, por los latidos de su corazón, por los sonidos de su pensamiento, por la vida, pues a pesar del limbo en el que estaba aun podía sentir vida, podía hacerlo de nuevo; al darse cuenta de ello observó nuevamente al psiquiatra, lo miró fijamente a los ojos, sonrió y le dijo: “Creí que moriría antes de gozar lo que significaba estar vivo de verdad”; Ante aquella declaración, el psiquiatra estuvo a punto de saltar hasta el techo, regocijado por el pequeño pero significativo triunfo que lograba luego de aquel día en el cual había reinado el imperio del delirio; observó satisfecho al huésped quien tampoco dejaba de observarlo y cuyos ojos siguieron al médico hasta el momento en que este salió al patio, olvidando incluso el cerrar la puerta de la habitación pues tanto era el regocijo que experimentaba ante aquella ínfima pero trascendental satisfacción. Respirando el aire del hotel, los pensamientos del médico se fueron más allá del límite de su lógica, ciego por la inusitada emoción que sentía; Yendo sobre el presente, el psiquiatra pensó en el futuro adornado de sesiones terapéuticas las cuales irían devolviendo el equilibrio, restableciendo el círculo vital que devolvería al mundo a Julián; Se veía como un antiguo alquimista preparando ancestrales brebajes transmutados en modernos químicos que tomaban forma de medicación y ellas danzarían en la mente del loco hasta regresarle su consciencia arrebatada; la esperanza de recuperación se plasmó en una imagen que quizá muy pronto sería realidad.
En la habitación, Julián continuaba tendido, y en su rostro aun se mantenía aquella última sonrisa esbozada cuando pronunciaba la monumental frase que parecía haberle salvado de su condena de muerte en vida; una mueca que simbolizaba el frágil concepto de felicidad aunque pronto la misma se descubriría en el rostro de una miserable mentira. Así lo descubrió el psiquiatra cuando regresó al cuarto, aun orgulloso de su triunfo, cerrando la puerta tras de sí, luego de lo cual se acercó a Julián, brindándole palabras de aliento y felicitación; estaba seguro que a partir de ese día todo cambiaría. Satisfecho con su trabajo, el médico se acercó aun más al huésped. La mueca seguía enseñoreada sobre la fría carne disimulando vida pero todo era ya inútil; el psiquiatra tocó con su temblorosa mano la humanidad de Julián la cual se desplomó sobre el acolchado y blanco suelo, y su caída fue eterna y con ella se diluyó la fe. El golpe fue inusualmente estrepitoso y al contacto con el suelo el cuerpo de Julián se quebró como si se tratase de una inusual figura de porcelana, y así aquella crisálida que hasta hacía unos momentos representaba a un ser humano terminó por hacerse pedazos, reduciéndose a un gran cúmulo de polvo; y el silencio se apoderó de aquel lugar; y el psiquiatra no sabía que decir, no atinaba a hacer nada, únicamente a contemplar aquel reguero de polvo que muy pronto se elevaría por las cumbres del olvido. El psiquiatra cerró sus ojos tratando de entender lo sucedido, arrepentido, compartiendo instantes de locura que le cuestionaban el hecho de no haber creído en los desvaríos del huésped, aunque aquello sonara de lo más absurdo, impropio para un científico de la mente.
- “Las cosas no siempre son lo que parecen”
Los ojos del médico se abrieron de súbito, alterado por aquella extraña invasión; en el cuarto no había nadie pero aquella voz grave no provenía de afuera, había nacido del vientre del aposento vacío en el cual no había persona alguna salvo él y aquello, aquel montón de polvillo mas cuando volvió a reparar en el mismo éste se reveló repentinamente con una forma desconocida y atemorizante. El psiquiatra reparó en aquello, polvo acumulado que había tomado la apariencia de un rostro aterrador coronado con horripilantes ojos rojos que preludiaban a un gesto degradante cuya esencia comenzó a expectorarse a través de una retorcida y antinatural risa mientras los ojos se movían de un lado a otro y la boca se reinventaba en formas que constituían una burla a la realidad. El psiquiatra cerró los ojos desesperadamente y en su autoimpuesta ceguera deseó fervientemente la muerte de aquella alucinación, y así estuvo por unos minutos hasta que por fin tuvo el valor de volver a ver el mundo, encontrándose felizmente con un lugar poblado de nada. Abrió la puerta y un aire putrefacto ingresó al cuarto llevándose consigo toda la esencia malsana que allí habitaba, incluso al mismo médico quien abandono presuroso el lugar no sin antes creer haber advertido unas manchas que parecían poseer los muros de aquel sitio, visión fugaz que seguramente conformaban los rezagos de aquel momento de locura e irrealidad cuya cumbre se manifestó en la infame cara cuyo recuerdo lentamente pugnaba por diluirse en el credo de lo alucinatorio. El psiquiatra ya fuera del cuarto, comenzó a pensar en lo sucedido, comenzando una seguidilla interna de cuestionamientos que lo llevaba incluso a dudar de la existencia de Julián pues quizá todo era parte de una psicosis producida por la presión del trabajo o por el inquietante ambiente del Hotel Psiquiatría; El médico pensó que era necesario salir de ese sitio, tomarse aunque sea una semana de vacaciones para poder respirar, libre de los rezagos de las mentes desequilibradas, libre de aquella cosa, de aquel hombre echo polvo, de sí mismo y del abismo que parecía esperarle.
La puerta de la habitación comenzó a cerrarse y por cada momento de su recorrido, las manos del médico convulsionaban mientras anhelaba el hecho de sellar completamente aquella abertura, mas cuando esto se produjo se dio cuenta que no podía retirar sus manos del asidero. De espaldas al mundo, el psiquiatra se despidió silenciosamente de todo lo vivido en ese sitio como si al hacerlo recitara una oración que le permitiría ser libre nuevamente; sus manos lucharon por desasirse de los recuerdos pero parecía una tarea imposible mas al final sus dedos pudieron desprenderse de la puerta y entonces el psiquiatra comenzó a darse vuelta al mundo que le daría la bienvenida; por fin podría descansar; volvió los ojos ansioso por recibir la luz de la vida pero en su lugar se encontró cara a cara con un rostro dibujado en el mismo espacio, formado por partículas cuyos átomos trazaban formas en el mismo aire a la vez que generaban una estridencia traducida en similar a sonoras carcajadas que desgarraban el espectro de las mentes mientras el rostro se difuminaba hasta desaparecer, quedando solamente la risa, el ruido eterno que se quedaría grabado en la mente del infeliz médico quien desde ese momento caía en la desdicha de saber que nada volvería a ser como antes, ya no más.
El viento soplaba como preludio al fin de los días; el tiempo corrió y las cosas que fueron ya no eran. En el hotel psiquiatría, todo siguió transcurriendo de manera monótona; los huéspedes deambulaban por los pasadizos sucios, los enfermeros y enfermeras mataban el rato jugando voleibol, en la cocina se preparaba la extraña y cotidiana mezcla que fungía de almuerzo, y el cielo complotaba con un ambiente gris tan falto de vida que complementaba y daba el toque distintivo a aquel universo. Solo, completamente olvidado como todos los demás huéspedes, una triste imitación de vida se hallaba derrumbado en medio de su celda o mejor dicho de su “suite”, vanos habían resultado los intentos del personal por hacer que aquel huésped participara en sus hediondas y recreativas actividades, inútil el esfuerzo del psiquiatra por llegar a él pese al entusiasmo que guardaba como profesional recién llegado al hotel psiquiatría. Largos eran los días de aquel huésped mientras su vida se diluía en un sinfín de ilusiones muertas y perdidas, engullidas por una realidad que lo odiaba y lo expectoraba fuera de ella; solamente allí, en aquella blanca habitación, el huésped lograba aquel espacio de no vida que le servía como recurso de sobrevivencia y como cárcel impuesta que le impedía morir. Sus ojos buscaban en lo alto aquel instante en el cual se vio condenado a aquel hotel tan repulsivo, pero cuando encontraba aquella causa, sus orbitas oculares se abrían desmesuradamente, gritando en total silencio, solamente el brillo enfermizo de sus ojos hablaba, mostrando la sombra de un algo al cual estaba atado, lo había estado desde aquel maldito día, desde que tuvo la brillante idea de salvar a alguien y que al final terminó dando con el fin de su vida y el comienzo de algo nuevo y pervertido.
En las mugrientas paredes, al costado de la puerta de la habitación, se ubicaba una placa en la que se hallaba grabado el nombre que identificaba al ocupante de la misma aunque su nombre y lo que alguna vez fue resultaba irrelevante en éste dantesco nuevo mundo. En la puerta descansaba el nuevo psiquiatra, desparramado luego de su diario discurrir por habitaciones y pasadizos; allí, detenido en el tiempo, el observador incisivo seguramente notaría los primeros rasgos de lo que pronto sería una sutil desesperación por vivir en aquel sitio y por darse cuenta de cuan desgraciada e irrelevante sería su existencia, temiendo además a un destino frente al cual preferiría cerrar los ojos aunque aquello quizá le resultaría imposible ya que todos los días se vería obligado a abrirlos, a verse cara a cara con lo que le rodeaba, a enfrentar el posible desenlace de su existencia, sentado no fuera sino dentro de aquel cuarto blanquecino, con los ojos desorbitados, observando una nada que era un infierno, del mismo modo que aquellos huéspedes que trataba y a la vez despreciaba, tal como aquel que yacía en la habitación en cuyo portal descansaba su fatigada humanidad, aquel que habíase condenado al averno por haber sido tan soberbio como para pensar en destruirlo por si solo, por creerse más grande que el mismo mal, confundiendo todo eso con el deseo de salvar a un alguien, humanismo depravado del cual pocos se atrevían a mencionar y es que aquello como muchos otros secretos, terminarían sepultados en la cripta de los recuerdos del hotel psiquiatría, maquillados con la convincente e insulsa rutina “normal” del lugar.
La inscripción en la puerta del cuarto se hallaba sucia. El médico seguía sentado. Dentro de la habitación, el huésped tenía los ojos aterrorizados. Todo seguía igual. La vida se diluía en su propia negación y una sombra se hacía una en la nada luego de haber realizado su diaria visita a un querido y obligado amigo, alguien que lo confundió con locura y que ahora le padecía. Una risa insondable se extravió en el espectro, solamente algunos pudieron escucharla pero su sonido siempre era interpretado como componente de innumerables alucinaciones y delusiones. Los huéspedes del hotel psiquiatra le escuchaban a cada momento, trastornándose aun más ante tamaña sinfonía en solitario que de pronto se veía acompañada por voces hermanas de las muchas que pululaban por aquellos lares, y su conjunto se transformaba en una feroz y desquiciante orquesta que carcomía los sentidos, cuyo eco se enclaustraba en la mente de los huéspedes y pobladores del hotel psiquiatría.
Alguien dijo alguna vez que pretender atribuir sabiduría al mundo de los locos era lo más insensato que se pudiese pretender, quizá ese alguien lo decía porque en el fondo le temía demasiado a su propia insania, un temor que compartía el nuevo psiquiatra así como su predecesor quien continuaba perdido en su habitación, absorto de enfermiza y desquiciante claridad, sumido en un espacio que curiosamente era el mismo que en un tiempo ocupó su último paciente, de cuya pasada existencia tampoco se suele hablar demasiado.
Y mientras el antiguo psiquiatra continuaba sonriendo a la vez que por dentro se deshacía con la sombra de aquel invisible visitante cuyo recuerdo le devoraba la mente y las entrañas, mientras eso ocurría, los recuerdos seguían fluyendo de todos lados para luego irse, pero el hotel psiquiatría seguía allí, continuaría prevaleciendo, habitado por una especie desconocida que sin embargo acompañó, acompaña y acompañará a los humanos hasta que el tiempo y el espacio se diluya; viven en este recinto cuyo alcance se extiende hacia la misma eternidad, hambrientos de humanidad, rodeados de un séquito de carne ávido a complacerles con sus propias almas; perpetuando su existencia y convivencia entre los mortales por los siglos de los siglos, amén.
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